La evolución: ¿Ciencia o dogma?

La evolución: ¿Ciencia o dogma?

¿Pueden la ciencia y la religión explicar la vida?

Aquellos que construyeron los primeros niveles de la ciencia, con sus raíces ancladas a un Dios creador, ¿estaban tan equivocados?

Para cuestiones históricas, las fechas resultan de vital importancia. Y eso atañe tanto al evolucionismo como a la teología cristiana.

Cuvier y Owen, padres de la anatomía comparada fundamental para el pensamiento evolucionista, tienen su fe puesta en un Dios que forma a los seres vivos.

La fe de muchos científicos que sentaron las bases de la ciencia actual, parece perturbar el pensamiento de numerosos científicos contemporáneos. Es más, resulta frecuente que esa faceta de sus vidas se elimine o minimice en las biografías. No resulta interesante esa parte de sus vidas; incómoda, pero no cabe duda que sin ella no entenderíamos a los precursores… ni la ciencia.

Cosmovisión de los fundadores de la ciencia natural.

Cuando Kepler y Newton penetraron en los misterios de la Creación, manifestaron su fascinación ante la perfección de las leyes que rigen el universo y ante el Creador de esas leyes. Newton llegó a escribir un libro dedicado a las profecías de Daniel y Apocalipsis. Es más, escribió tanto o más sobre profecía que sobre ciencia.

Cuvier y Owen, padres de la anatomía comparada, fundamental para el pensamiento evolucionista, establecieron su fe en un Dios creador de seres vivos. Trembley, es el iniciador de la zoología experimental; los que estudian su obra se convencen de que su fe en el Creador es una razón que lo llevó a realizar sus primeras investigaciones.

Muchos científicos, entre ellos un buen número de religiosos naturalistas, llegaron tan lejos en la fusión ciencia-religión para pretender explicar a Dios solo por medio de la naturaleza, que quedaron agrupados en una corriente filosófica religiosa denominada: teología natural. A pesar de no ser un científico, el escolástico Tomás de Aquino puede considerarse uno de los pioneros de la Teología natural, al presentar sus pruebas naturales de la existencia de Dios; las conocidas cinco vías por las cuales se demuestra a Dios a través de sus efectos visibles y finitos.

No obstante, la teología que respaldaba esta corriente no era lo suficientemente completa e ignoraba que la naturaleza, tal y como la conocemos, resulta del conflicto que tiene lugar en el universo debido a la introducción de un elemento no deseado en su planteamiento original: el mal.

Dios destituido como creador.

Darwin escribiría a su amigo, el botánico Asa Gray en 1860: “No puedo persuadirme de que un Dios benévolo y omnipotente haya creado a los icneumónidos con la intención expresa de que se alimenten dentro de los cuerpos vivos de orugas”.

Desde que publicaron “El origen de las especies”, hasta hoy, el panorama ha cambiado mucho. De ser Dios el fundamento para explicar: ¿qué somos? Y, ¿de dónde venimos?, hoy Dios se ignora o rechaza. Se sustituye a Dios por el hombre que se considera capaz de entenderlo todo por sí mismo, mediante la razón y mediante imponer a la materia unas propiedades autoorganizativas prácticamente ilimitadas.

Los que construyeron los primeros niveles de la ciencia con sus raíces ancladas en un Dios Creador, ¿estaban equivocados? Si así fuera, la ciencia moderna sería capaz de limpiar todos los elementos que creen los “extraños”, su modo de proceder y su acerbo ideológico. Sin embargo, no parece que sea este el caso. La ciencia avanzaba con paso firme, hasta que entró en el territorio de los átomos y sus constituyentes. Ahora, en ese terreno infinitesimal, se trastornaron los cimientos del saber absoluto al tomar conciencia de que la propia observación en microsistemas, el acto experimental en sí, afecta a ese sistema.

Mientras tanto, la historia que tenía un carácter marginal entre las fuentes del saber dedicándose únicamente a tomar nota, lo más objetivamente posible de lo que acontecía al ser humano, avanzaba posiciones para explicar ciencias como la física y química.

La construcción de dichas ciencias permanece al margen de muchos de los malos hábitos humanos y relativamente al margen de los problemas de subjetividad que se concentran en otras ciencias, tales como la paleontología. Esta última se adentra en terrenos de la historia y es allí donde mejor se manifiesta la objetividad científica y la relación del mundo de la fe. Es perfectamente comprobable la manera en que el ser humano deja su estilo en el quehacer científico, sea cual sea este; y podemos comprobarlo mediante ejemplos prácticos.

¿Consolidación o simple explicación?

El origen del ser humano constituye un problema especialmente espinoso en el contexto del debate entre creacionistas (algunos prefieren denominarse intervencionistas) y evolucionistas.

Hace unos años se celebraron doscientos años del nacimiento de Darwin y ciento cincuenta de la publicación de su más destacada e influyente obra: “El origen de las especies”. Resultaba ser un momento apropiado para resaltar descubrimientos que, según sus autores, mostraban evidencias que confirmaban sus teorías. Uno de ellos se refería al origen animal de los seres humanos. En mayo de 2009 se hizo pública la descripción de un primate, considerado el primero en la línea evolutiva que habría de culminar en el ser humano. El fósil se convirtió en una estrella mediática y el nombre científico que se le impuso no podía ser otro: Darwinius masillae. Sin embargo, en octubre del mismo año, cinco meses después del éxito que había tenido en los medios, se publicó otra investigación, sin tanto brillo, debido a que finalmente se supo que no era más que un lémur fósil, muy similar a los lémures que existen actualmente en Madagascar.

La lista de casos similares es extensa, tanto para la evolución humana como para la evolución en general. En noviembre de 1999, la revista “National Geographic” publicó un descubrimiento excepcional. Se trataba del eslabón entre reptiles y aves, era el “Archaeoraptor liaoningensis”. Dos meses después se averiguó que realmente se trataba de un montaje. El modo de actuar de los científicos, aunque suele ser riguroso, no puede despojarse totalmente de los comportamientos, confusiones y arbitrariedades que padecemos el resto de los mortales.

La extinción de los dinosaurios.

Los dinosaurios, probablemente los animales más famosos de la historia de la vida, son objetos de investigación minuciosa y los resultados están expuestos a un escrutinio constante. La desaparición de los dinosaurios de la Tierra se considera un misterio. Las teorías propuestas al respecto son muy variadas: enfermedades, falta de alimento y una larga lista de ideas inverisímiles. Finalmente, se impuso la teoría del meteorito. El impacto se situó en el cráter Chixulub, en la península de Yucatán, México. Tras impactar sobre la Tierra, con diez kilómetros de diámetro, habría levantado tal cantidad de polvo despedido a la atmósfera y causado tantos incendios, que los dinosaurios desaparecieron. En estos momentos, la teoría del meteorito también se pone en duda. Pudo tener su influencia, dicen muchos paleontólogos, pero ahora se observa la extinción de los dinosaurios en estratos que preceden y en otros que suceden al meteorito.

Aunque el creacionismo plantea la alternativa diluvial, los paleontólogos dicen no tener una teoría mejor que la del meteorito y siguen manteniéndola, a falta de nuevas investigaciones. Cuando se asentó la teoría catastrófica del impacto, se creía que la solución era definitiva, pero lo cierto es que la ciencia no siempre encuentra verdades definitivas.

La datación, ¿confiable?

Para cuestiones históricas, las fechas resultan de vital importancia. Y eso atañe tanto al evolucionismo como a la teología cristiana.

Las edades radiométricas nos remiten a escalas temporales que van mucho más allá de aquellas en las que se enmarca el relato bíblico de la Creación.

Quizá el primer versículo del Génesis, que muchos exégetas interpretan como un tiempo indefinidamente largo, explique los millones de años de las ricas datadas, pero, ¿qué hay de los varios miles de años que las cronologías bíblicas señalan desde la semana de la creación de la vida sobre la Tierra y el ordenamiento de esta? Normalmente, el evolucionismo echa mano de las edades de las rocas en las que se encuentran los restos, para datar estos, aunque no sean estrictamente lo mismo. Son ya muchas noticias de recuperación de material biológico, proteínas e incluso ADN, a partir de restos de seres a los que se atribuyen millones de años. Un grupo de científicos encabezados por Mary Schweitzer comunicaba la asombrosa conservación de tejidos blandos en hueso de tiranosaurio. La datación de las rocas en las que se encontró el hueso arrojaba más de sesenta y cinco millones de años de edad. Se conservaba lo que parecían vasos sanguíneos e incluso glóbulos rojos. ¿Cómo es posible que se conserve algún resto orgánico mínimamente complejo, más allá del duro hueso después de tanto tiempo? Muchos científicos han planteado sus dudas en cuanto al hallazgo. Quizá no sea realmente lo que parece ser, argumentan. Mary Schweitzer decidió asegurarse y buscó materia orgánica en otros restos de dinosaurio. Una y otra vez encuentran que las moléculas de la vida siguen ahí.

En mayo de 2009, publicó cómo los huesos de un hadrosaurio (dinosaurio con pico de pato, posiblemente acuático), datado en ochenta millones de años, preservaba tejidos blandos y proteínas identificables. Entonces, ¿qué es lo que realmente está ocurriendo?

Es posible que las rocas, que es lo que se data, tengan todos esos millones de años, pero todos los fósiles que albergan parecen ser mucho más recientes. Desde luego que la conservación de la materia orgánica no se ajusta a lo que cabría esperar para esas escalas temporales. Ante estas contradicciones, el creacionismo parece tener una explicación digna de ser considerada. La paleontología y la geología podrían beneficiarse de ello, pero estas ciencias se empeñan en utilizar el calzador más allá de lo razonable para hacer encajar los datos en un esquema evolucionista en el que no caben.

Una cuestión de fe.

El evolucionismo tacha al creacionismo de dogmático, falto de espíritu crítico, y en ocasiones esto puede ser cierto.

Al final, el factor humano también anda de por medio, pero se hace evidente que el científico evolucionista no es una persona que pueda trabajar totalmente al margen de sus creencias, sus inclinaciones, prejuicios y anhelos.

El análisis de sus trabajos demuestra que esa es una realidad de la que deben ser conscientes. Algo que podemos concluir es que podemos profesar una religión organizada u organizar nuestra propia religión, con nuestros dioses, reglas y dogmas. Pero asegurar que se vive al margen de la fe, la que sea y hacia lo que sea, no parece realista.

Los datos de las investigaciones están ahí, son lo más objetivo con lo que contamos. Son las interpretaciones las que quedan inevitablemente impregnadas por la esencia del ser humano, incluido el científico. La ciencia constituye un modelo de saber y la religión otro, ¿por qué despreciar uno u otro en el terreno en el que interceptan, en lugar de intentar aprovechar a ambos?

Newton, Owen, Trembley, Linneo y muchos otros utilizaron ambas fuentes con absoluta naturalidad y nos fue bien, para desarrollar una potente máquina de generar conocimiento: la ciencia. Por qué no volver a ese entendimiento frente a la persistencia en el distanciamiento dogmático.

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