La atracción de los libros

La atracción de los libros.

“Cuando vengas, trae la capa que dejé en Troas, en casa de Carpo; y los libros, mayormente los pergaminos” 2 Timoteo 4:13.

El apóstol Pablo se encontraba confinado dentro de un calabozo en Roma. Presentía claramente que se aproximaba el día de su martirio. Con palabras dramáticas le ruega a Timoteo que vaya a verlo, ya que todos los habían abandonado. En su soledad, deseaba ardientemente la presencia confortadora de un amigo como Timoteo. Deseaba también que el joven pastor de Éfeso le llevara los libros y los pergaminos.

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Los atrios del Señor

Los atrios del Señor.

“¡Cuán amable es tu morada, Señor Todopoderoso! Anhelo, y ardientemente deseo los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” Salmo 84:1, 2.

El salmista canta en estos versos la irresistible fascinación que el santuario ejercía en su espíritu. El hombre es por naturaleza “incurablemente religioso”. Es evidente que este impulso del corazón puede ser satisfecho cuando estamos a solas, en nuestro aposento, o en el silencio de un desierto. Sin embargo, eso no excluye la necesidad que tenemos de participar de la comunión con el Invisible, en asociación con otros, oportunidad que nos ofrece ese organismo vivo que llamamos iglesia. Algo trascendente se transfiere al hombre que se uno a otros en la congregación para, en recogimiento, entregarse a la oración y la adoración. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20), dijo Jesús, subrayando la importancia de la adoración en conjunto.

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¿Existe el mal?

¿Existe el mal?

“No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir” Mateo 5:17.

Un pastor relata que cierto día, un ministro de otra denominación le envió un correo electrónico en el que le decía que su iglesia creía que el Antiguo Testamento tenía que ser desechado. Le dijo que no creía que un cristiano tenga que observar la ley.

En tiempos de Jesús, la Biblia solo se componía de lo que hoy llamamos Antiguo Testamento: la Ley, los Escritos y los Profetas. La ley estaba dividida en tres partes. La primera era la ley ceremonial, que representaba el plan de salvación en tipos y símbolos. Esta ley indicaba a Israel cómo tenía que adorar a Dios. Seguía la ley judicial, lo que hoy llamaríamos las leyes civiles de Israel.

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