Las leyes y las reglas de Dios

“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, y guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3, 4).

A la luz de este versículo, ¡cuántos líderes religiosos son mentirosos! ¿Qué hace la Ley? ¿Cuál es su propósito y utilidad? La Ley: Nos enseña cómo servir y vivir felices para siempre; Nos revela el pecado en caso de que haya desobediencia; Nos revela que necesitamos un Salvador si estamos en pecado; Condena a quien no acepta al Salvador.

¿Qué es lo que no hace la Ley? No salva, no puede hacerlo. Si la Ley que sirve para orientar a no pecar, en caso de que haya desobediencia, si ella misma promueve la liberación de la condenación que le compete, sería una ley ineficaz, a la que sólo obedece el que quiere. Es decir, a eso lo llamamos impunidad. Es como si no existiera Ley. Necesitamos, por lo tanto, tener una correcta comprensión de la Ley, especialmente de los Diez Mandamientos. Ellos nos sirven para garantizarnos una vida excelente, pero solo a quien obedece. Y esos mismos mandamientos sirven para condenar a quien desobedece.

Vamos a circunscribirnos a la Ley moral, los Diez Mandamientos, recordando que la Biblia, cuando habla de Ley, generalmente se refiere a todas las leyes, y a la ley en general. Hay cuatro clases de leyes: 1) las leyes civiles, para la protección del país; 2) las leyes ceremoniales, relativas al servicio diario y anual del tabernáculo; 3) las leyes de la salud, para la calidad de vida del pueblo; y 4) la Ley moral, los Diez Mandamientos. Las leyes de los tres primeros grupos fueron escritas por Moisés; la Ley Moral fue escrita por Dios, y por eso es llamada Ley de Dios.

Dios, que es eterno y perfecto, es puro amor. Esa es su característica especial. La Ley de Dios tradujo ese carácter de Dios eterno y perfecto. Por lo tanto, si hay alguna alteración en esa Ley, sería porque Dios habría cambiado, y si eso en realidad ocurriera, Él no sería perfecto eternamente. El cambio de los Diez Mandamientos, aquí en la tierra es, en realidad, una burla contra Dios de parte de Satanás, y de quien lo hace y quien lo acepta, al decir que Dios no es como Él dice ser. Hay que notar que esa alteración ocurrió un tiempo después de la resurrección victoriosa de Jesús. Al no lograr aceptar la derrota, apeló a una venganza en contra del carácter divino.

Por otra parte, quien acepta y obedece a los Diez Mandamientos, que es la Ley moral, está afirmando que respeta a Dios a punto tal de aceptarlo tal como Él es. Comprende que Dios es inmutable debido a que es perfecto desde la eternidad. Lo que es perfecto no puede ser alterado, pues en ese caso habría dejado de ser perfecto. Dios no puede ser cambiado no solo por ser perfecto, sino por ser infinitamente poderoso. ¿Cómo podríamos admitir alguna variación o cambio en quien es perfecto e infinitamente poderoso? El mismo no se alteraría, ¿quién más entonces podría hacerlo? ¿Habría en el Universo alguien más poderoso que Dios, infinitamente poderoso? Entonces, el cambio en la Ley de los Diez Mandamientos, la Ley de Dios, no puede pasar de ser una mentira, un escarnio, un acto de venganza desesperado de un enemigo. Así, quien acepta el cambio en esa Ley, acepta la sumisión a ese enemigo, aumentando el escarnio, pues se convierte en otro defensor de él.

Enfrasquémonos en la Ley moral. Es importante recordar que es la Ley más antigua, existe desde antes de la caída de Adán y Eva, desde que ellos fueron creados. En el mismo día en el que fue concluida la creación, en el mismo día en el que Él creó a la primera pareja, estableció el sábado para que fuera santificado. Y también es única, porque no perderá validez mientras exista creación, Cielo y tierra, según lo declaró Jesús en Mateo 5:17, 18. Entonces, ¿por qué fue escrita en el Sinaí, cuando el pueblo hebreo viajaba rumbo a Canaán? La escritura fue inventada después del Diluvio, aproximadamente dos mil años antes de Cristo. La Ley moral fue escrita por Dios en lenguaje humano, unos 1.600 años antes de Cristo, así como los libros del Pentateuco. Antes del Diluvio no se escribía porque no sabían escribir y porque la mente de aquellas personas era veinte veces más poderosa de lo que fue después del Diluvio. Aquellas personas no olvidaban, la escritura no era tan necesaria para ellos.

Tenemos evidencias firmes de que ya existían los preceptos de los Mandamientos en el Sinaí. Consideremos algunas. El sábado fue dado en la creación; Caín mató a Abel y se transformó en un asesino; Jacob conocía la idolatría; José evitó el adulterio; los hermanos de Jacob sabían que robar era pecado; Faraón sabía que mentir estaba mal. Aun no estaban escritos aquellos mandamientos, pero ya existían y eran obedecidos, y en caso de no ser obedecidos, surgía la noción de que estaban pecando. Y pecado ya en ese entonces era la transgresión de la Ley.

¿Cómo es hoy? En Santiago 2:11 se nos requiere que guardemos todos los mandamientos. En 1 Juan 2:3, 4 se afirma que quien dice conocer a Dios y guarda sus mandamientos, el tal es perfeccionado en el amor de Dios; camina como Jesús anduvo y dice la verdad. En la Biblia queda evidente que amar a Dios es seguir su carácter y guardar los Diez Mandamientos. Eso lo podemos constatar especialmente en los escritos del profeta Juan, ya sea en su evangelio, como en sus epístolas. Obedecer esa Ley es lo mismo que amar a Dios y, por otra parte, desobedecerlo es no amarlo. El sábado puede ser encontrado en el Edén, antes del pecado, durante la historia del pecado; y en el cielo, después del pecado (Isaías 66:23). No se menciona en la Biblia ninguna santidad relacionada con el domingo.

Encaramos ahora un estudio de gran importancia acerca de la Ley y la salvación. Recordando lo que ya sabemos: la Ley es amor, y Dios es amor. La Ley es el carácter de Dios, pues ambos son amor. Por el principio de la Ley, quien sigue a Dios sirve a los demás, no domina sobre los otros. Entonces surge la pregunta: Si la Ley es lo mismo que el carácter de Dios, ¿cómo entonces no puede salvar? Si el amor, que es la Ley, no salva, ¿qué es, al final de cuentas, lo que nos salva? Vamos a procurar entender estas cuestiones muy importantes, pues surgirán durante la gran controversia final. Razonemos gradualmente.

¿Conoces a alguna ley que salva, o sea, que declare inocencia? Por ejemplo, en mi país tenemos una cantidad tan grande de leyes que nadie sabe, a ciencia cierta, cuántas son. Una de esas leyes es la que se relaciona con el cinturón de seguridad en los vehículos. Aquí decimos que es una ley de “seguridad”, o sea, que está siendo obedecida. Y la finalidad de esa ley es evitar muertes en caso de accidentes. Pero hay una ley que no da seguridad: la que no permite conducir en estado de ebriedad.

Notemos dos diferencias entre esas dos leyes. Para el inspector es fácil probar que la ley relacionada con el cinturón de seguridad se está desobedeciendo. Es visible e irrefutable. Sólo alcanza con mirar. No hay manera de argumentar. Es una ley en la que se puede probar la desobediencia, pues es visible. Además, las personas han adquirido la conciencia de que es muy positivo permanecer firme en el asiento en el caso de accidentes. Pero en relación a la ley de “cero tolerancia”, al conducir en estado de ebriedad, es irónico que esta ley no tenga tanta fuerza, pues es tolerante. Nadie necesita hacer el test de alcoholemia. Hay una fenomenal burocracia que enfrentar para probar que alguna persona estaba ebria. Hay que presentar informes de laboratorio, hospital, brindar testigos, filmaciones, etc. Y todo, incluso los testimonios, puede ser refutado en el juicio. A pesar de que esta ley pueda ser incluso más importante que la del cinturón de seguridad, pues intenta evitar accidentes; la del cinturón intenta impedir lesiones o muerte en caso de que el accidente tenga lugar. La relacionada con el alcohol es una ley tolerante, sin fuerza, porque se vuelve complicado probar la condición del borracho. Nadie tiene la obligación de soplar en el alcoholímetro.

Las leyes que no penalizan son tolerantes. Y cuanto más débil sea el poder de penalizar, más tolerante se convertirá, y mayor será la sensación de impunidad. Las leyes tienen que ser como la de Dios, tal como Él dijo: “En el día en que comieres de ese fruto, ciertamente morirás”. Si la ley de tolerancia cero fuera así: “En el día en el que la autoridad de tránsito te encuentre ebrio a través del control de alcoholemia, estarás preso durante dos meses, sin apelación”, o algo parecido, seamos honestos, la ley “se obedecería”. Claro, como siempre, primero sería necesario creer en la autoridad de tránsito y en la justicia. Será cuestión de prender a los primeros infractores, y realmente cumplir lo que dice la Ley. ¡La autoridad merecería respeto! Y la ley se cumpliría.

En síntesis, ¿sabes por qué la ley de cero tolerancia no “se obedece”? Porque hay millones de conductores que beben y nunca son arrestados. Según su modo de pensar, vale la pena beber, ya que el riesgo de ser multado es ínfimo. Así es con todo pecador. Como un niño mimado, siempre cree que puede desobedecer y a nadie, ni siquiera a Dios, le importará. Y siempre pensará así, hasta el día en que llegue el ajuste de cuentas.

¿Cuál es la relación del sábado con el resto de los Diez Mandamientos? Eso es muy fácil de entender. La Ley de Dios es amor, ¿verdad? Ahora bien, ¿cómo se cultiva el amor? A través de la intimidad. Por ejemplo, a los amigos les gusta encontrarse para conversar. Si no es posible concretar encuentros frecuentes, entonces se llaman por teléfono, se envían correos electrónicos, etc., pero en todos ellos se intercambias informaciones. Eso es una clase de intimidad. Cuando los amigos se encuentran, ¿se quedan atareados velando por sus intereses profesionales? No, se dedican exclusivamente los unos a los otros. Sería algo extraño que alguien que invite a sus amigos a su casa, al llegar, los reciba y les pida que se queden en la sala mientras él continúa trabajando en su escritorio, incluso tal vez de vez en cuando eche un vistazo para ver lo que están haciendo. Tal vez deje unos bocadillos para que ellos vayan entreteniéndose, y ponga una buena película para que el tiempo pase. A la hora de retirarse, él llega, les agradece, y los acompaña hasta la puerta, demostrando su alegría por que lo visitaron. ¿Así es como se cultiva la amistad? ¡Ni de lejos!

Entonces, ¿cuál es la función del sábado en la Ley de Dios? Es aportar un tiempo bien definido para el cultivo de la amistad entre los seres humanos y Dios, y entre los propios seres humanos. Eso es para la felicidad de todos, para el bienestar, la salud y el amor mutuo. Por eso, en ese día no se hace nada de interés personal, sino sólo lo que fuera útil para el desarrollo del amor, especialmente con Dios. El amor entre nosotros depende de cómo nos relacionamos con Dios. En pocas palabras, ese es el objetivo del sábado. Por lo tanto, es el punto más importante de la Ley de Dios, vital para la vida con felicidad y armonía entre todas las criaturas. No es un día cualquiera, improvisado cuando se puede y cuando sobra tiempo. No es así, es un día de siete, es el séptimo día; el amor es la prioridad, no es lo último en la fila. Es un día planeado y definido.

Es muy fácil entender que sin el sábado el resto de la Ley de Dios pierde todo sentido, pues la Ley entera propone el amor, pero el cultivo de él sólo es posible a través del sábado, el día de descanso de todo para dedicarse exclusivamente al amor. Sin el sábado, los tres primeros Mandamientos perderían todo sentido. Ellos definen que hay un solo Dios y que sólo a ese Dios debemos adorar. Pero ¿qué es adorar?, es la santificación del sábado, con alabanzas y aprendizaje acerca de Dios, conforme su deseo; Sí, amar a Dios es adorarlo. Y con respecto a los demás mandamientos, que nos enseñan sobre las buenas relaciones con los seres humanos, comenzando con nuestros padres, ¿qué tiene que aportar el sábado? Si desarrollamos una buena relación con Dios, estaremos habilitándonos para una buena relación entre nosotros, especialmente porque Dios estará con nosotros. El sábado también sirve para encontrarnos de manera diferente en como lo hacemos durante la semana. En los encuentros sabáticos, ya sea en la iglesia, o más informalmente, los asuntos deberían ser santos, y así, estaremos calificándonos para una vida como ciudadanos celestiales, desarrollando la genuina felicidad.

Podemos imaginar los sábados en el Edén, Dios, Adán y Eva paseando en el Jardín en una conversación agradable repleta de arrobamiento al son de las melodías de los pájaros y los animales. Tal vez cantaban juntos, Dios, la pareja y los ángeles. Es evidente que allí había adoración, y que ésta era diferente de la nuestra de hoy. Allá ellos podían adorar viendo a Dios, sin algún viso de separación. ¡Cuán felices debieron haber sido en aquellos días previos a la aparición del pecado! No se les pasaba por la cabeza la menor preocupación de cualquier índole. Las veinticuatro horas del día las pasaban llenos de felicidad, tal como lo había planeado Dios. Sin preocupaciones ni compromisos ni temores en relación al futuro, no conocían el mal, aunque supiesen que la posibilidad existía y que por allí también andaba Lucifer.

Analicemos un punto relevante. El mal ya existía, Lucifer ya se había revelado, ya había pasado la guerra en el cielo y Lucifer había sido expulsado de allí. Por lo que Adán y Eva, que podrían haber vivido sin conocer acerca de la posibilidad del mal, aun así vivieron precavidos, previniéndose del mal, que todavía no los había alcanzado, pero que rondaba por allí. Ese cambio ya había ocurrido, ya no era más posible vivir en perfección sin cuidarse de algún astuto enemigo. Era necesario que velaran y que cada uno velara por el otro para no ser tomados por sorpresa, tal como de hecho ocurrió. Esto nos enseña que el pecado es algo realmente nefasto. Todavía no había pecado, el lugar donde habitaban era perfecto, pero estaba la noticia de la existencia del mal y la necesidad de velar para que no entrara en nuestro planeta. Antes del pecado, por la existencia del mal, ya algo más había empeorado en todo el Universo.

Pero, ¡cuán bueno será cuando todo sea re-creado, cuando el enemigo de todos sea destruido, y podamos nuevamente vivir como vivieron los seres antes de la rebelión! ¡Así, sin preocupación alguna! ¡Y por la eternidad!

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