Admirable Salvador

Admirable Salvador

“Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el gobierno estará sobre su hombro. Será llamado Admirable, Consejero, Dios Poderoso, Padre eterno, Príncipe de Paz” Isaías 9:6.

Siete siglos antes de Cristo el profeta Isaías escribió sobre la llegada del Mesías como si ya fuera un hecho consumado: “Porque un Niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable”. Sí, Jesús…

Fue admirable en su encarnación: Siendo Dios bendito por todos los siglos, “se despojó a sí mismo”, y se “hizo carne” para habitar entre los hombres. Su paso por la Tierra puede considerarse como un mero interludio entre la carne, ya que la eternidad existió antes y después de él. Pero la encarnación es más que un entreacto, porque habiendo consumado su obra en este mundo, retornó a la diestra de Dios. Él retiene para siempre su cuerpo resucitado. Por eso Pablo escribió: “Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,” (1 Timoteo 2:5).

Fue admirable en su ministerio: Todos lo reconocen como el mayor Maestro de todos los tiempos. “¿De dónde tiene éste esta sabiduría?”, preguntaban tanto los sabios como los indoctos, pues todos reconocían la autoridad que existía por detrás de sus palabras.

“¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”, confesaron los alguaciles del templo. Sus seguidores dijeron con sinceridad: “Tú tienes palabras de vida eterna”.

Fue admirable en su muerte: “Angustiado y afligido, no abrió su boca. Como cordero fue llevado al matadero. Como oveja ante sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca” (Isaías 53:7). Cristo “se humilló a sí mismo… y ofreció sacrificio, siendo él mismo a la vez el sacerdote y la víctima” (El Deseado de todas las gentes, p. 16). No ofreció el sacrificio revestido con las vestiduras deslumbrantes de Aarón; fue entre la angustia y las vestimentas manchadas de sangre que, en aquel trágico día, tomó nuestro lugar.

Fue admirable en su resurrección: La muerte de Jesús fue para los discípulos un acontecimiento devastador. No obstante, su resurrección al tercer día les dio una nueva perspectiva. Las palabras del ángel: “No está aquí, porque tal como lo había dicho, ha resucitado. Venid, ved el lugar donde yacía” (Mateo 28:6), fueron como un bálsamo suavizante sobre las heridas del corazón, llevándolos con alegría a testificar su fe en aquel que, sobre el sepulcro de José de Arimatea, proclamó triunfante: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11:25).

¡Cuán agradecidos deberíamos estar por tener a nuestro alcance tan admirable Salvador!

“Cristo nunca debiera estar alejado de nuestra mente. Los ángeles dijeron de Él: ‘Darás a luz un hijo, y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’ (Mateo 1:21). ¡Qué precioso Salvador es Jesús! Seguridad, auxilio, confianza y paz hay en Él. Es el disipador de todas nuestras dudas, la prenda de todas nuestras esperanzas. Cuán precioso es el pensamiento de que realmente podemos llegar a ser participantes de la naturaleza divina, con la que podemos vencer así como Jesús venció. Jesús es la plenitud de nuestras expectativas. Es la melodía de nuestros himnos, la sombra de una gran roca en el desierto. Es el agua viva para el alma sedienta. Es nuestro refugio en la tempestad. Es nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención. Cuando Cristo es nuestro Salvador personal, anunciaremos las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable…”. (RJ 13.5).

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