El dormir sin sueño

_ Nuestro amigo Lázaro duerme pero voy a despertarlo… Jn. 11:11-14

Se dice que el ser humano puede resolver todos los problemas, menos el problema de la muerte, nacer para morir, parece contradictorio, porque dentro de la lógica humana se nace para vivir, para disfrutar de la vida, y además alcanzar la vida eterna.

Vivir plenamente, con salud física, mental y espiritual, el anhelo de Dios que tengamos buena relación con Él y con nuestro semejantes.

Pero hay un intruso, que entra en los hogares sin ser invitado, llega arbitrariamente y hace de las suyas, trayendo enfermedad y muerte, y todos le abren las puertas aunque después lloren por sus desgracias; Jesús llega y toca la puerta, él trae vida y paz a los hogares y muchos lo ignoran, Apc.3:20.

1 Jn.5:11,12 – [ Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su hijo, el que tiene al Hijo tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.) en la creación Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida, Gen.2:7, la creación revela que el hombre obtuvo vida de Dios. Cuando Dios creo a Adán y Eva, les dio libre albedrio para poder escoger, podía obedecer o desobedecer, Dios explicó cuidadosamente las consecuencias que sufrirían al hacer mal uso de ese don, Gen.2:17 les advirtió “el día que del comieres, ciertamente morirás” y en contradicción de lo que Dios dijo, satanás les aseguro, “no moriréis”

Después que transgredieron el mandato de Dios, Adán y Eva descubrieron que la paga del pecado en verdad es la muerte, Rom.6:23, fue solo la misericordia de Dios lo que hizo que Adán y Eva no murieran inmediatamente, El Hijo de Dios había ofrecido su vida para que ellos tuvieran otra oportunidad, aunque la gente nace siendo mortal la Biblia los anima a buscar la inmortalidad, el mundo debía ser salvado, la oveja extraviada debía ser encontrada, la maldad debía ser vencida y la muerte derrotada, y un solo Ser podía realizar esta tarea suprema.

No hay palabras humanas que pueda explicar el infinito amor de Dios, no hay mente que lo pueda entender, por eso para nosotros es un misterio, el misterio de la piedad, si Jesús no hubiese venido nuestra situación fuera sin esperanza y sin Dios, “porque de tal manera amó Dios al mundo”.

La muerte es la cesación de la vida, no es una aniquilación completa, es solo un estado de inconciencia temporal mientras la persona espera la resurrección, por eso la biblia llama a este estado intermedio un sueño, tanto en el antiguo testamento como en el nuevo usan ese término, la representación bíblica de la muerte  como un sueño se adapta claramente a su naturaleza, Ecl.9:5 los que duermen están inconscientes, no saben nada, durante el sueño los pensamientos conscientes cesan, el sueño pone fin a todas las actividades del día, el sueño nos desliga de los que están despiertos y de sus actividades, el sueño normal deja inactivas las emociones conscientes, “su amor y su odio y su envidia fenecieron ya “durante el sueño los seres humanos no alaban a Dios.

Por eso Jesús dijo que Lázaro estaba durmiendo, así también dijo de la hija de Jairo, por cuanto la muerte es un sueño, los muertos quedan en estado de inconsciencia en el sepulcro hasta la resurrección, cuando el sepulcro entregue a los muertos, Apc. 20:13. Muchos cristianos sinceros que no han estudiado las enseñanzas completas de la Biblia en cuanto a la muerte, no se dan cuenta que la muerte es un sueño hasta la resurrección. En la muerte se pierden los atributos de la mente: la capacidad de pensar, y de todas las manifestaciones de la vida consciente.

Muchos piensan que la persona al morir ya se va al paraíso, si así fuera, Jesús no hubiera privado del paraíso a Lázaro al haberlo resucitado y sacarlo del sepulcro, entonces si los muertos nada saben, es que no tienen noción del transcurso del tiempo, cuando resuciten les parecerá que no corrió tiempo alguno, esto debe ser un pensamiento consolador para aquellos cuyas vidas han estado llenas de ansiedad y pena por el fallecimiento de seres amados que persistieron en el pecado y piensan que están sufriendo tormentos, sino que están durmiendo tranquilamente en sus tumbas.

La muerte puede que sea el tema peor comprendido en el mundo de hoy. Para muchos el asunto está envuelto en un misterio y evoca sentimientos de temor, incertidumbre e incluso desesperación. Otros creen que sus amados difuntos, en realidad no han muerto, ¡sino que viven en otros lugares bajo diferentes condiciones! Algunos se confunden en cuanto a la relación de cuerpo, alma y espíritu. ¿Importa esto? Sí, muchísimo. Lo que usted crea acerca de la muerte tendrá un profundo impacto en lo que a usted le pueda suceder en el período del fin del mundo.

Los seres humanos tenemos una repulsión innata hacia la muerte, porque fuimos creados solamente para vivir y nunca morir. La muerte es un intruso; no debió haber existido nunca. Por eso, durante su ministerio terrenal, Jesús demostró una inmensa simpatía hacia los allegados de los difuntos. Cada vez que la muerte se lleva a un ser querido, Jesús se conmueve entrañablemente por nuestro dolor. Su corazón compasivo llora con nosotros. Pero, Cristo hace mucho más que llorar. Habiendo conquistado la muerte con su propia muerte y su resurrección, él tiene las llaves de la muerte y promete resucitar para vida eterna a todos los que creen en él. Esta es, por lejos, la mayor promesa que se nos ha dado en la Palabra de Dios; de lo contrario, si la muerte tuviera la última palabra, toda nuestra vida y todo lo que alguna vez logremos sería en vano.

Mientras Dios mantiene el aliento de vida en las criaturas vivientes, estas viven. Pero, cuando él quita el aliento de vida, las criaturas mueren y regresan al polvo (Sal. 104:29; Ecl. 12:7). Esta no es una decisión arbitraria de Dios; es la consecuencia inevitable del pecado. Sin embargo, las buenas noticias son que, a través de Cristo, hay esperanza. Incluso ante la muerte.

La universalidad de la resurrección no significa que en el día final todos serán llevados a una vida eterna, maravillosa y feliz. “Los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Dan. 12:2). La ejecución de la sentencia divina, no obstante, no ocurre de inmediato o luego de la muerte de cada individuo, sino solamente después de su resurrección. Hasta entonces, tanto los salvos como los perdidos descansan inconscientes en el polvo de la tierra. La resurrección, en sí misma, no es ni una recompensa ni un castigo. Es la precondición para recibir la vida eterna o la condenación eterna.

Aunque Jesús había resucitado a dos personas más de entre los muertos, ninguna resurrección fue tan dramática como esta. Lázaro había estado muerto durante cuatro días, un hecho que Marta corroboró cuando se encontraban frente a la tumba. Jesús realizó el milagro a plena luz del día y frente a una multitud de testigos respetables de Jerusalén. La evidencia no podía ser descartada. Sin embargo, más importante que la resurrección de Lázaro fue la resurrección de Jesús mismo. Dado que él tiene vida en sí mismo, no solamente tiene el poder para levantar a los muertos y dar vida a quien él quiere (Juan 5:21), sino que también tiene poder para poner su vida y volverla a tomar (Juan 10:17, 18). Su resurrección probó esto de manera convincente.

“Para el creyente, Cristo es la resurrección y la vida. En nuestro Salvador, la vida que se había perdido por el pecado es restaurada; porque él tiene vida en sí mismo para vivificar a quienes él quiera. Está investido con el derecho de dar la inmortalidad. La vida que él depuso en la humanidad la vuelve a tomar y la da a la humanidad” (DTG 730, 731).

“El Hijo de Dios llama a la vida a los santos dormidos. Dirige una mirada a las tumbas de los justos y, levantando luego las manos al cielo, exclama: ‘¡Despertaos, despertaos, despertaos, los que dormís en el polvo, y levantaos!’ Por toda la superficie de la Tierra, los muertos oirán esa voz; y los que la oigan vivirán. Y toda la Tierra repercutirá bajo las pisadas de la multitud extraordinaria de todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. De la prisión de la muerte sale revestida de gloria inmortal gritando ‘¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?’ (1 Cor. 15:55). Y los justos vivos unen sus voces a las de los santos resucitados en prolongada y alegre aclamación de victoria. […]

El Espíritu Santo está cubriendo con sus alas protectoras a muchas familia que se encuentra en dolor, pero también la iglesia ha sido un medio usado por Dios para brindar consuelo, protección y apoyo. Somos una gran familia y el dolor también nos ha sacudido a cada uno de nosotros como hermanos, pero de cualquier manera Dios ha estado ahí en medio de nosotros. En poco menos de un año, he tenido la desdicha de enterarme de la muerte de varios creyentes, devotos a Dios, pero es reconfortante saber que gracias a lo que para muchos parece irracional, Dios ha obrado maravillas en la vida de muchas otras personas.

Dios no ve la muerte como nosotros la percibimos. Para él sólo es un descanso. Aquel que tiene en sus manos las llaves de la muerte y del abismo, ha declarado que Él mismo es “El camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6) Al igual que Lázaro, todos en el momento en que mueren entran en una condición algo parecida al sueño. Los muertos no tienen conciencia de nada. La creencia popular es que cuando alguien muere, el cuerpo es enterrado pero el alma permanece consciente y va bien sea al cielo o al infierno. Sin embargo, como ya lo hemos visto, esta creencia no tiene fundamento bíblico.

La despedida al ser querido que parte no es definitiva, es simplemente un “hasta luego”. En la Biblia, en muchos lugares, se habla de la esperanza bendita de la “resurrección” (Isaías 26:19; 1 Tesalonicenses 4:16; S. Juan 6:40). La transformación. Al resucitar se poseerá un nuevo cuerpo, una nueva mente y una nueva personalidad (1 Corintios 15:42-44, 51-56; Filipenses 3:20, 21). No habrá más muerte. Como sucederá con todas las otras desgracias producidas por el pecado, Dios eliminará la muerte para siempre. Al reunirnos con nuestros seres amados, lo haremos con la plena seguridad de que nunca más se dirá adiós y que jamás habrá separación (Isaías 25:8; S. Lucas 20:36). Esta maravillosa esperanza debe robustecer nuestra fe en las seguras promesas de Dios. Cuando muera un ser querido tendremos la natural tristeza humana, pero nuestro llanto no será de desesperación, porque “el justo en su muerte tiene esperanza” (Proverbios 14:32).

Dios te bendiga.

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