El ejemplo perfecto

El ejemplo perfecto.

“Porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis” Juan 13:15.

Recuerdo que, de niño, observaba a los hermanos de la iglesia mientras se lavaban mutuamente los pies en el rito de humildad, justo antes de la Cena del Señor.

En ese entonces no entendía el significado de lo que hacían. Su verdadero significado se me escapaba incluso después de ser bautizado y empezar a participar con otros jóvenes de mi edad.

En Pakistán es común la expresión “mostrarle a alguien el zapato”. Es una muestra de desprecio por la otra persona. Ahora podemos comenzar a entender por qué Pedro le dijo a Jesús: “¡No me lavarás los pies jamás!”. “Mostrarle a alguien el zapato” es el insulto más grave porque se considera que el pie es la parte más vergonzosa del cuerpo. Por eso Pedro no podía permitir que Jesús tocara sus pies.

Hace muchos años, en un periódico de Estados Unidos salió una fotografía de Nikita Kruschov, durante un pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas al que había acudido en representación de la Unión Soviética, golpeando el escritorio con el zapato. Todos en la asamblea se preguntaban si estaba en su sano juicio. Pero ahora que conocemos lo que significa esto podemos entender por qué lo hizo. Al golpear el escritorio con su zapato mostraba a la asamblea mundial el desprecio y el desdén que sentía por lo que allí se decía. Literalmente, “mostró su zapato al mundo”.

No hace tantos años, derribaron la estatua de Saddam Hussein que se erigía en pleno centro de Bagdad, la capital de Irak. Si viste las imágenes, tuviste que darte cuenta de que había un hombre que corría junto a la estatua y la iba golpeando con su zapato. El mensaje era claro. Expresaba lo que sentía por el dictador caído.

Poco antes del fin de su mandato, George W. Bush, el presidente de los Estados Unidos, visitó Bagdad. Durante una rueda de prensa, uno de los periodistas asistentes arrojó sus zapatos contra él; más con la intención de mostrarle su desprecio que deseando golpearlo.

Comparto esto contigo para que juntos podamos entender el significado de lo que Jesús hizo la noche en que lavó los pies de los discípulos. Entonces dijo algo que hoy puede acompañarte: “Te di el ejemplo de cómo ser manso y humilde de corazón; ahora, ve tú y has lo mismo”.

Adquirir y hacer nuestro el ejemplo de Jesús de cómo debe ser nuestro carácter es tan importante respecto al testimonio que damos a los demás. Ser manso y humilde de corazón.

Hay cristianos sumamente interesados en todo lo que tenga que ver con un estilo de vida saludable, que nunca han tomado una taza de café de ningún tipo, no comen entre horas, salen a dar largas caminatas por la mañana, comen dos veces al día, toman bebidas de soja y no comen carne.

Cada vez hay más cristianos convencidos de que la mejor manera de mantenerse sano es no comer ningún producto animal. Además de no comer carne, no beben leche, no comen huevos ni usan grasas saturadas. Este estilo de vida se llama “vegano”.

No hay nada de malo en tratar de vivir de la manera más saludable posible. Es una actitud cristiana. Sin embargo, el cristiano no debe mirar al que tiene al lado y criticarlo por no seguir su mismo estilo de vida. En tiempos de Jesús, los fariseos eran muy escrupulosos en el cumplimiento de la ley. Eran tan escrupulosos que se inventaron leyes para guardar la ley. Jesús no veía con malos ojos que cumplieran la ley. Decía que era su deber, pero no debían descuidar lo otro. ¿A qué “otro” se refería Jesús? Se trata de “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mateo 23:23). Los fariseos eran duros con las personas que no creían lo mismo que ellos. No les preocupaba cómo era su corazón. Lo único que les importaba era cómo podrían utilizar su estilo de vida para impresionar a los demás.

El asunto estriba en que, si ser cristiano es cuestión de vestir de cierta manera o eliminar ciertas cosas de la dieta, resulta claro que podemos hacerlo nosotros mismos y no necesitamos a Jesús. Cualquiera puede cambiar su apariencia externa, pero solo Dios puede cambiar el corazón.

En uno de sus escritos Elena de White menciona: “Puede poseerse saber, talento, elocuencia, y todo don natural o adquirido; pero, sin la presencia del Espíritu de Dios, ningún corazón se conmoverá, ningún pecador será ganado para Cristo”.

Jesús dice: “Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26).

Que cada día nuestra mayor petición sea que Dios nos otorgue de su Espíritu, para que su carácter manso y humilde se manifieste en nosotros y así poder dar un mejor testimonio a otros. Que a través de nuestro carácter semejante al de Jesús otros puedan conocerle, y que día con día podamos seguir el ejemplo perfecto.

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