Jesús es nuestro consuelo

Jesús es nuestro consuelo.

“Venid a mi todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar” Mateo 11:28.

Leía el relato de un pastor, quien contaba que en un viaje que realizaba, en el avión se sentó junto a él un hombre con quien entabló una conversación. Durante la plática el hombre le explicaba que su esposa había fallecido. Era víctima de un profundo dolor y pesar y ya no tenía ganas de vivir. ¡Cuánto dolor nos causa la pérdida de un ser amado!

Cuando Jesús dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”, no se refería solo a la tristeza por la pérdida de las personas que amamos. La causa del sufrimiento a la que se refería en esta bienaventuranza es la del dolor que sentimos cuando nos damos cuenta de que “en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien” (Romanos 7:18).

A muchos no les gusta oír la palabra “pecado”. Hoy en día, la conducta que antes se solía considerar como pecaminosa se considera correcta. ¿Cuántas veces hemos escuchado lo siguiente?: “Para mí no es malo, pero si para ti lo es, es malo para ti”. Incluso hay asesinos que afirman que cometieron el delito porque no podían evitarlo o porque “algo” los obligó a cometerlo.

El otro día escuchaba una noticia acerca de un hombre, el cuál volvió a la oficina en donde había trabajado y mató a una persona e hirió a otras cinco. Cuando lo detuvieron se negó a admitir que había obrado mal y afirmó que los culpables eran quienes lo habían despedido de su trabajo.

La cultura moderna considera que quienes cometen pecados son las víctimas y, por lo tanto, no son responsables de sus actos. Muchas veces la opinión pública se compadece más por el asesino que perdió el trabajo que por quienes perdieron la vida o fueron heridos.

Nadie está dispuesto a aceptar que ha cometido un error porque ello significaría que se admite la culpa y la sociedad no quiere reconocer la culpa que causa el pecado. Una expresión que se transmite mucho a la mayoría de las personas es: “No tienes por qué sentirte culpable”. Cuando alguien afirma que se siente culpable por haber hecho algo malo siempre hay alguien que le dice: “No es culpa tuya”, o “Se lo merecía”. Este tipo de pensamiento ha hecho que desaparezcan palabras como “arrepentimiento”, “restitución” y “redención”. Olvidan las palabras encontradas en Lucas 14:11: “Cualquiera que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Comprendemos aquí también el pasaje de 2 Corintios 7:10: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte”.

Cuesta creer que Jesús dijera: “Bienaventurados los que lloran”. La mayoría de la gente no quiere llorar, porque toman al llanto como un símbolo de debilidad. ¿Cómo reacciona una persona que no tiene a Jesús en su corazón ni busca el perdón de sus pecados cuando la tristeza y la culpa llega a su vida? Algunas personas están tan tristes que intentan ahogar sus penas en alcohol y acaban por convertirse en alcohólicos. Algunos otros en las drogas, en el libertinaje que ofrece el mundo, donde surgen las adicciones.

La gente acude de todas partes del mundo a los parques temáticos de Universal Studios, Disney y Epcot para pasar unos días de vacaciones. Es interesante observar las familias que llegan al aeropuerto. Los niños están felices y emocionados. Visitar los parques es muy caro, pero los padres quieren que sus hijos sean felices.

¿Alguna vez has deseado revivir el pasado para tener la posibilidad de enmendar las palabras que lastimaron a otros; corregir los errores que cometiste y las decisiones equivocadas que tomaste; y borrar los momentos en que te sentiste desalentado y abandonado por el Señor?

Si hay algo que es cierto es que es imposible volver atrás en el tiempo y revivir lo que ya hemos vivido. Pero, ¿qué pasa si pudiéramos hacerlo?, ¿haríamos lo mismo? La verdad es que muchos no cambiaríamos: cometeríamos los mismos errores, lastimaríamos a las personas y tomaríamos decisiones equivocadas. ¿Por qué digo esto? Porque somos así, es nuestra naturaleza de pecado. Pero Jesús vino para ayudarnos a cambiar nuestra vida de manera sobrenatural.

“Bienaventurados los que lloran”, es decir: “Bienaventurados los que se sienten tristes, no por lo que les ha ocurrido, sino por cómo trataron a los demás, y reconocen que han tomado malas decisiones en su vida”. Para el ser humano es más fácil y natural ser orgulloso y egoísta que humilde y amable. Incluso es posible que diga “lo lamento” sin siquiera lamentarlo. Así como cuando pisas el pie de alguien al ir caminando y, de manera mecánica, decir: “Lo siento”, al mismo tiempo que piensas: “No fue culpa mía. Tú te pusiste en mi camino”. Si reacciono así me entristezco. Cuántas veces no nos gustaría gritar: “¡Dios, sé propicio a mí, pecador!” (Lucas 18:13). Creo que esto es lo que Jesús quiso decir con: “Bienaventurados los que lloran”. Si no reconozco lo mucho que necesito a Jesús seré siempre lo que fui: un pecador que comete siempre los mismos errores.

¿Cómo puede alguien estar agradecido por haber sido rescatado sin antes recordar que se estaba ahogando? ¿O cómo puede dar alguien gracias por los alimentos sin recordar que se estaba muriendo de hambre? Para poder dar gracias por el sacrificio de Jesús antes tendremos que recordar que sin él estábamos perdidos. Jamás debemos pensar que solo necesitamos a Jesús cuando empezamos la vida cristiana. Al contrario, lo necesitamos siempre. “Bienaventurados los que lloran” significa: “Bienaventurados los que reconocen que son pecadores y se arrepienten de lo que han hecho”. Sin pecado no hay culpa; y sin culpa no hay pesar por el pecado. Si no hay pesar por el pecado no hay arrepentimiento; y sin arrepentimiento no puede haber perdón. Jesús no vino a este mundo para quitar el dolor del pecado, sino la causa del pecado. En nuestro corazón debe reinar ese deseo de que cuando hagamos algo malo nos sintamos culpables y nos lamentemos porque tenemos una maravillosa promesa: “Bienaventurados los que lloran (se sienten culpables por sus pecados), porque recibirán consolación”. Y “el que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa (acepta la responsabilidad) y se aparta de ellos (permite que Jesús le dé la victoria) alcanzará misericordia (será consolado) (Proverbios 28:13).

El dolor genuino implica que admitamos nuestra necesidad. Cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, nuestro corazón llora. Llorar significa que cada día nos damos cuenta de que necesitamos a Jesús. El único que puede quitar la mancha del pecado es Jesús.

Jesús dijo que los que lloran son quienes son verdaderamente felices. No enseñaba que jamás debamos mostrar alegría riendo o sonriendo. Tampoco hablaba de llorar la muerte de un familiar o cualquier otra tragedia. Hablaba de estar triste a causa del pecado. Pero antes tenemos que reconocer que somos pecadores.

A menos que lloremos por nuestros pecados, los cometeremos una y otra vez. Sin embargo, Jesús nos ha prometido que él nos consolará. No podemos volver a vivir el pasado, pero sí podemos proseguir a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Filipenses 3:14). Quizá suene extraño, pero esta bienaventuranza nos recomienda que nos entristezcamos, el único modo de recibir consuelo.

¿Cómo podemos ser salvos si no admitimos que estamos perdidos? ¿Cómo podemos estar llenos del fruto del Espíritu si no admitimos que la vida sin él está vacía y no tiene sentido? El Espíritu Santo no puede obrar en la vida de quienes no sienten necesidad alguna. El duelo ante Dios se expresa con humildad. Quizá algunos se pregunten: “¿Cómo podemos ser felices en el Señor y lamentarnos continuamente?”. La respuesta es que, aunque nos lamentamos porque reconocemos que somos orgullosos, egoístas, amargados, resentidos, lujuriosos y carecemos de dominio propio, nos consuela saber que él nos acepta tal y como somos. Nuestro “llanto” se expresará con una actitud de arrepentimiento. Al que se arrepiente lo consuela saber que el Padre celestial lo ha perdonado. ¡Qué extraordinaria promesa!

Hace algunos años estaba de moda una canción que decía: “Don’t worry, be happy” (No te preocupes, sé feliz). Jesús dijo que nos preocupamos por demasiadas cosas. También dijo que hay algunas cosas que tendrían que preocuparnos más y por las cuales tendríamos que sentirnos apesadumbrados: nuestros pecados. Cuando, después de contemplar a Dios y su santidad, veamos que somos indefensos, que no tenemos esperanza y somos impotentes, nos lamentaremos por nuestros pecados. El apóstol Pablo exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Además, confiesa: “Yo sé que en mí no habita el bien” (Romanos 7:13).

Cuando era niño, a veces me caía y me lastimaba. Iba llorando con mi madre para que me consolara. Después de un rato me sentía mejor y salía de nuevo a jugar. Si los pecados de tu vida de apesadumbran, te invito a que acudas a Jesús. Él te consolará y te perdonará. Si, mientras andas por el camino cristiano, te sientes desanimado, sientes que tus pecados no tienen perdón, has perdido a un ser querido o simplemente sientes que ya no puedes continuar, recuerda las palabras de Jesús y consuélate con ellas: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Entrega todo a Jesús, y permite que él sea tu consuelo.

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