Una experiencia cotidiana

Una experiencia cotidiana.

“Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase al Señor, quien tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios, que es amplio en perdonar” Isaías 55:7.

El pastor Richard O’Ffill relata que cierta vez le invitaron para que hablara en una de las prisiones estatales de Florida, en Estados Unidos. Cada semana la administración penitenciaria permite que la Iglesia Adventista del Séptimo Día lleve a cabo reuniones con los presos que opten por asistir.

Después de un corto sermón, uno de los presos habló con el pastor con relación a su vida espiritual. Sonriente, le dijo: “He sido salvado veintitrés veces”.

Me pregunto si una persona que se ha arrepentido de verdad de sus pecados recae una y otra vez en los pecados de los que se ha arrepentido. Si mantiene su espíritu de arrepentimiento día tras día, la respuesta es: “No”. No recae. Pero si nos arrepentimos unos días sí y otros no, la respuesta es: “Sí”.

Es posible que quien se ha arrepentido de sus pecados, en ocasiones pueda verse sorprendido por la tentación y, vencido por ella, vuelva a caer en los mismos pecados de los que se había arrepentido. Aun así, se levantará y se arrepentirá de lo que ha hecho. Tal caso me recuerda a la actitud del pueblo de Israel; vez tras vez caían en idolatría y el Señor se retiraba de entre ellos, y cuando venían las consecuencias de su pecar, rogaban a Dios por su ayuda, y Dios en su misericordia les escuchaba y eran librados de esclavitud de sus pueblos enemigos.

El arrepentimiento verdadero hará que amemos lo que solíamos odiar y odiemos lo que solíamos amar. Hay quienes han dejado de cometer ciertos pecados porque tienen miedo de sus consecuencias. Pero esto no es arrepentimiento genuino. Es como el caso del niño al que su madre le ordena que se siente y el niño, que no quiere obedecer, le dice que sí, que se sentará, pero, de pensamiento, permanece de pie.

El arrepentimiento genuino, además de impedirnos hacer las cosas que no debemos, nos empujará a encaminar nuestros pasos hacia el objetivo de una vida cristiana victoriosa. Me gustan las palabras del Señor en Isaías 1:16: “Lavaos y limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos, dejad de hacer lo malo”. El verdadero arrepentimiento va de adentro hacia afuera. Cuando el corazón cambia, la vida también cambia.

Santiago 1:17 dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto”. Este texto me dice que el don del arrepentimiento perfecto y bueno procede de nuestro Padre celestial. No te demores y pídelo.

Ten en mente siempre la amonestación de Elías al pueblo de Israel: “Y Elías se acercó al pueblo, y les dijo: ‘¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, seguidlo. Y si Baal, id en pos de él’. Y el pueblo no respondió palabra” (1 Reyes 18:21).

Solo Dios y tú conocen las batallas que enfrentas diariamente, solo Él y tú conocen cuáles son tus “Baales”. Has del arrepentimiento genuino tu experiencia cotidiana con Dios, ve en pos de Jehová y entonces amarás lo que antes odiabas: “Dios mío, me deleito en hacer tu voluntad, y tu Ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:8).

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