Amar es cuidar

Amar es cuidar.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen” Mateo 5:44.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Seguramente has escuchado este texto en repetidas ocasiones, sin embargo, ¿alguna vez te has preguntado qué querría decir Jesús al ordenarnos que amemos al prójimo como a nosotros mismos? ¿Realmente has entendido todo lo que engloba este texto?

Podemos llegar a pensar que Jesús pide que amemos al prójimo y ya está. Déjame darte una explicación un poco más profunda: Si las palabras de Jesús hubieran sido solamente: “Amarás a tu prójimo”, bien podríamos amar a nuestro prójimo a distancia, o quizá lo tratásemos como si fuera de la familia, pero un poco menos. Probablemente haríamos por él la mitad, una tercera parte o una décima parte de lo que hacemos por nosotros mismos. ¿Me explico un poco mejor ahora?

Por supuesto, no podemos negar que habría resultado mucho más cómodo que Jesús dijera: “Amad al prójimo”. Pero no. Jesús dijo que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos.

Pero de aquí se vuelve a desprender y a repetir la pregunta del inicio de esta reflexión: ¿Qué significan estas palabras? ¿Cómo puedo amar a alguien como a uno mismo?

Déjame hacerte algunas preguntas antes de continuar: ¿De quién son los dientes que cepillaste al levantarte por la mañana este día? ¿De quién es el cabello que peinaste? ¿De quién es la ropa que está colgada en tu armario? ¿Y la cuenta de ahorros que tienes en el banco? ¿Lo captas? Nos ocupamos de nosotros mismos. Nos amamos. Amar es ocuparse de las necesidades. Debemos aceptar este punto. Nos ocupamos de nuestras necesidades.

Cuando tenemos un interés personal, queremos satisfacerlo. Cuando tenemos una necesidad, queremos satisfacerla. Cuando tenemos un deseo, queremos cumplirlo. Si tenemos una esperanza, queremos que se cumpla. Día a día estamos preocupados por nuestro bienestar, nuestra comodidad, nuestra seguridad, nuestro interés y nuestra salud, tanto física como espiritual, temporal y eterna. Nos preocupamos mucho por nuestros asuntos. Buscamos nuestro propio placer y no conocemos los límites a la hora de obtener lo que deseamos.

Esto, por supuesto, no tiene nada de malo, siempre y cuando vaya acorde con los principios que Dios instituyó y que ya conocemos, y, de hecho, de aquí se desprende la forma exacta en que tenemos que amar a los demás.

Tenemos que alimentar por el prójimo un amor completamente sincero, ferviente, habitual y permanente, que ponga en nuestro corazón su interés, sus necesidades, sus deseos, sus ansias, sus esperanzas y sus ambiciones; a la vez que nos impulsa a hacer todo lo posible para asegurarnos de que todo su bienestar, toda su seguridad, toda su comodidad y todos sus intereses se cumplen, de modo que cumplir para él todo lo que necesite, lo que quiera o lo que le da placer, sea nuestro principal anhelo. Esto es lo que Jesús quiso decir con el mandato de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Tal vez aquí te detengas un poco y te cuestiones: Muy bien, ya entendí lo que Jesús quiso expresar al decir: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pero entonces ¿quién es mi prójimo?

Según el diccionario popular, encontramos dos conceptos de la palabra “prójimo”

  1. Persona, considerada respecto de cualquier otro ser humano en tanto que parte de la humanidad.
  2. Individuo o persona cualquiera.

Tu prójimo es cualquier persona con la que te relaciones en cualquier momento y lugar.

Regresamos al inicio de la reflexión y damos un repaso al texto base que utilizamos para comenzar: “…amad a vuestros enemigos…” (Mateo 5:44).

Antes de que me digas lo que he escuchado decir a muchas personas cuando escuchan este texto: “Es difícil amar a mis enemigos. ¿Cómo puedo amarlos si se esmeran en hacerme el mal y afligirme?” déjame contarte una pequeña historia.

Cuentan varios historiadores acerca de un personaje llamado Dirk Willumsoon quien se convirtió al protestantismo. Como resultado de esta decisión, fue condenado a ser torturado hasta la muerte. De alguna manera, pudo librarse y empezó a correr para salvar su vida. Un soldado fue tras él para recapturarlo. Corrió hasta que finalmente llegó a un gran lago. El lago estaba congelado, debido a que era temporada de invierno, pero el hielo era débil porque el invierno estaba llegando a su fin. A Willumsoon no le quedaba otra salida así que decidió correr por el hielo.

Mientras corría, el hielo del lago comenzó a resquebrajarse. Pero no se detuvo. Quería evitar la terrible muerte que le esperaba si era capturado. A grandes zancadas avanzó hasta que, con gran esfuerzo, pudo saltar a la orilla. Mientras recuperaba sus fuerzas para seguir corriendo, oyó un grito de terror a sus espaldas. Se dio la vuelta y se percató de que el soldado que lo perseguía había caído en el agua y se debatía intentando aferrarse al hielo.

No había nadie cerca para ayudar al desdichado, solo Dirk. Aquel soldado era su enemigo.

En aquel momento pudieron pasar muchas cosas por la mente de Dirk. Pudo haber deducido que el soldado podía salvarse solo, y si no lograba salvarse no era su responsabilidad. A fin de cuentas, el soldado lo único que quería era capturarlo para que lo mataran. Sin embargo, la historia no toma ese rumbo.

Arrastrándose con cuidado por el quebradizo hielo, alcanzó al soldado. Lo sacó del agua helada y, tirando de él por el hielo, lo acercó a la orilla.

Jesús dice en su palabra: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Por los amigos es fácil entenderlo… pero Dirk arriesgó su vida por su enemigo. ¿Cómo pudo hacer eso a pesar de que este soldado quería hacerle un mal en vez de un bien?

Repasemos las palabras de Jesús: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44). Para el que sigue a Jesús, amigo o enemigo, da lo mismo.

Huelga decir que amar a nuestros enemigos no es fácil, pero amar a nuestros enemigos no significa necesariamente que tengamos que ser los mejores amigos, sino que, a diferencia de ellos hacia nosotros, queremos su bien y oramos por ellos. De aquí se desprende un secreto que quiero contarte: Si hacemos esto, hay muchas posibilidades de que esa persona en poco tiempo ya no se sienta enemiga nuestra.

Jesús nos hace la siguiente exhortación: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis?… y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:46-48).

Seguimos las pisadas de Jesús y reflejamos su carácter al amar de esta forma a nuestros enemigos. “…Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45).

“Todo aquel que ama, es nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4:7). Quien no ama a aquellos por quienes el Padre ha hecho tanto, no conoce a Dios.

Esta es la razón por la que hay tan poca vitalidad genuina en muchos quienes dicen ser cristianos. La teología y las obras no tienen valor a menos que se hallen saturadas con el amor de Cristo.

Hoy te sugiero y te exhorto a que pienses en todo lo bueno que Dios ha hecho por ti. Luego ora para que él te muestre de qué manera puedes convertirte en una bendición para los demás. Amigos y enemigos.

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