El mundo necesita más personas enamoradas de Dios

El mundo necesita más personas enamoradas de Dios.

“Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas sus fuerzas” Deuteronomio 6:5.

¿Alguna vez te has puesto a pensar para qué sirve cada parte de nuestro cuerpo, por más diminuta que sea?

Muchas veces creemos que algunas partes en nuestro cuerpo, por ser muy pequeñas, no funcionan para nada, o su función no tiene importancia, sin embargo, fueron creadas porque su vitalidad en nuestro cuerpo es importante, y no debemos dudar de ello.

En esta reflexión no hablaremos de un órgano diminuto. De hecho, del órgano que hablaremos será del corazón; el órgano del cual dependen todos los demás.

Y es que resulta extremadamente fascinante descubrir cómo Dios diseñó el cuerpo humano tan perfecto.

Tendremos una pequeña sección de datos interesantes que seguramente no conocías:

¿Sabías que, en promedio, el corazón bombea un total de ciento sesenta millones de litros de sangre a lo largo de la vida de una persona? ¡Ciento sesenta millones! Con esa cantidad de sangre se podrían llenar más de tres superpetroleros.

Aquí va otro: el corazón humano genera suficiente presión para arrojar un chorro de sangre a diez metros de distancia aproximadamente. Ahora no debería parecerte extraño que podamos sentir los latidos de nuestro corazón tan fácilmente. ¿Para qué tanta presión? Para bombear la sangre por todo nuestro cuerpo con la rapidez y la eficiencia necesarias se necesita mucha presión. Si ponemos los dedos en los pulsos de la muñeca y el cuello (ya que existen muchos lugares más donde puedes sentir las palpitaciones de tu corazón) podemos sentir la pulsación que se produce en este vital órgano. El pulso que sentimos es la sangre que se detiene y reanuda su flujo a través de las arterias y las venas. Es por eso que cuando las palpitaciones de nuestro corazón bajan nos llegamos a un poco agotados, mareados, e incluso podríamos llegar a desmayarnos.

¡Otro más!: En un minuto, la sangre circula tres veces por el cuerpo. ¡En un minuto! Se estima que, al terminar un día, la sangre ya ha recorrido un total de diecinueve mil kilómetros. ¡Increíble! Podemos deducir que, por ejemplo, yo teniendo diecinueve años, puedo decir que la sangre en mi cuerpo ha recorrido aproximadamente ciento treinta y un millones setecientos sesenta y cinco mil kilómetros. Tal vez un poco menos.

¿No te parece fascinante la manera en que Dios modeló nuestro cuerpo tan perfectamente?

Con solo mirar las funciones y las maravillas que el corazón logra hacer podemos llegar a comprender las palabras de David al escribir: “Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras; estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien” (Salmo 139:14).

En la Palabra de Dios el término “corazón” suele utilizarse para representa a toda una persona en su totalidad. Esta palabra se utiliza para describir el centro, la esencia de toda la personalidad de un individuo. Es precisamente lo que somos, el centro de nuestro ser y, aunque incluye el pensamiento, es mucho más que eso. Incluye las emociones, pero es mucho más que las emociones. Incluye también los afectos, pero es más que los afectos. También es la voluntad, lo que queremos y sabemos hacer. El corazón abarca todas estas cosas. Yo soy mi propio corazón.

Por tanto, cuando Dios nos pide que lo amemos con todo nuestro corazón, no habla del corazón físico, el que se encuentra en el centro de nuestro tórax. Se refiere a lo que hace que yo sea quien soy.

En el mundo, las enfermedades del corazón son la mayor causa de mortalidad. Quienes pierdan la salvación también serán víctimas de una “enfermedad del corazón”. Así como la insuficiencia cardíaca tiene sus síntomas, la insuficiencia cardíaca espiritual tiene los suyos.

Conocemos esta enfermedad espiritual como “corazón de piedra”.

¿Qué pasa cuando tengo un corazón de piedra? ¿Cuáles son sus síntomas?

Cuando sufres de un corazón de piedra pierdes el interés de estudiar la Palabra de Dios, y cuando lo haces, no le encuentras ningún sabor. No logras escuchar a Dios y tampoco te interesa hablar con él. Haces cosas que no deberías hacer, y peor aún, haces cosas que no te gusta hacer, pero el pecado te induce a hacerlas.

Generalmente una persona que sufre de un corazón de piedra, y sabe que tiene varios de estos síntomas, se siente tan cómoda que no parece importarles, sin embargo, llega un momento en el cuál vivir con un corazón de piedra, vivir lleno de pecado te causa aflicción y temor.

“Allí el Señor te pondrá miedo en el corazón, languidez en los ojos y tristeza de alma. Tendrás tu vida pendiente de un hilo, tendrás miedo día y noche, y no vivirás seguro. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuera la tarde! Y a la tarde, dirás: ¡Quién diera que fuese de mañana!, por el miedo que amedrentará tu corazón y por lo que verán tus ojos” (Deuteronomio 28:65-67).

Al utilizar la expresión “el Señor te pondrá” no quiere decir que Dios traerá todas estas aflicciones a tu corazón por el simple hecho de no obedecer sus mandatos.

Todo lo que menciona este versículo de Deuteronomio son las consecuencias de nuestro pecado. Cuando no los reconocemos, no los confesamos a nuestro Padre y no recibimos ese perdón que necesitamos de Él, entonces nos sentimos turbados y temerosos, y Dios no puede hacer nada al respecto porque es tu decisión vivir así.

¿Qué debo hacer entonces para librarme de esta aflicción? ¿Cómo puedo quitarme este corazón de piedra?

La decisión a fin de cuentas es nuestra. Lo único que debemos hacer es acercarnos a Dios en oración, confesar todas nuestras faltas y rogar por su misericordia. Pedir que transforme nuestras vidas y nos limpie de todo mal.

Dios nos promete en su Palabra: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Y os guardaré de todas vuestras inmundicias” (Ezequiel 36:25-27, 29).

El remedio para curarnos de esta enfermedad cardíaca espiritual está allí. Es nuestra decisión el desear esa sanidad que nuestros corazones necesitan.

Al tener un corazón de carne, podremos amar genuinamente a Dios. Lo demostraremos siguiendo sus preceptos y poniéndolos por obra, y a través de nuestra transformación atraeremos a más personas que no conocen a Dios para que su corazón sea restaurado y puedan amar a Dios tanto como nosotros.

La mayoría de la gente se preocupa más por mantener sano el corazón físico que el espiritual. La ciencia ha descubierto gran número de maneras de conservar sano el corazón y salvarlo cuando tiene problemas. Así mismo Dios tiene maneras de mantener sano nuestro corazón espiritual. La buena noticia es que Él jamás ha perdido a un paciente. Solo debemos acudir al médico de médicos y someternos a esa operación restauradora.

Leía en redes sociales una frase que decía: “El mundo necesita más jóvenes enamorados de Dios”. Yo, siendo joven, voy de acuerdo con esta frase, sin embargo, me permití reformularla: “El mundo necesita más personas enamoradas de Dios”.

Todos debemos buscar amar a Dios genuinamente. Si sentimos que no lo estamos logrando, supliquemos a Dios día con día que nos llene de su Espíritu completamente, que cambie ese corazón de piedra que nos atormenta y ponga en nosotros ese corazón de carne que tanto anhelamos y necesitamos para amarle como debemos hacerlo, y seguir todos sus preceptos con alegría. Enamórate de Dios.

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