Dar testimonio

Dar testimonio.

“Os digo que todo aquel que me confiese delante de los hombres, también el Hijo del hombre lo confesará delante de los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios” Lucas 12:8, 9.

A algunos, la petición de dar testimonio los incomoda. Piensan que para dar testimonio tendrán que dirigir estudios bíblicos, repartir volantes u organizar un seminario sobre Apocalipsis. Son cosas de cierta trascendencia y no todo el mundo se siente capacitado para llevarlas a cabo. Sin embargo, el texto para memorizar de hoy nos recuerda que tenemos la responsabilidad de hablar de nuestra fe.

Permíteme que te sugiera que, antes de “arrojar la toalla”, considera que el hecho de que el programa testimonial empieza con el hecho de reconocer a Cristo como Señor de nuestra vida. No es preciso que nos pongamos una pegatina en la frente ni que lo gritemos en las esquinas. Basta con que lo vivamos. Los demás notarán cuándo las elecciones y las decisiones que tomamos en la vida se ajustan a su voluntad. No tendremos que decir nada. Eso se llama “dejar brillar la luz”.

En cierta ocasión, en un crucero, un hombre acabó completamente mareado. Si alguna ocasión hay en que alguien se siente incapaz de trabajar por el Señor, es esa. Mientras ese hombre estaba postrado se enteró de que alguien había caído por la borda. Se preguntaba si podía hacer algo para ayudar a salvarlo. Tomó una lámpara de sobremesa y la acercó al ojo de buey de su camarote. El accidentado se salvó. Unos días después, cuando se hubo recuperado del mareo, el hombre estaba en cubierta, hablando con el rescatado, el cual dio su testimonio. Dijo que, tras haberse hundido por segunda vez, cuando ya estaba a punto de volver a hundirse por última vez, levantó la mano. Justo en ese instante, alguien sostuvo una luz delante de un ojo de buey y un rayo de luz iluminó la mano en alto. Entonces un hombre lo agarró y tiró de él, poniéndolo a salvo en el bote salvavidas.

Aquí había dos testigos. Uno le decía al otro cómo había sido salvado y el otro le contaba cómo había levantado la luz. Usted y yo tenemos una historia que contar.

En primer lugar, podemos vivir una vida que muestre que Jesús es nuestro Señor.

Luego, cuando se presente la oportunidad, podemos contar la historia.

Hay muchas maneras de confesar a Cristo. Algunas no son públicas, sino personales. “¿Confesáis a Cristo en la manera como gastáis los medios que él os ha confiado? […] Si Cristo recibiera lo que le pertenece en diezmos y ofrendas, no quedaría tanto para ser empleado en egoísmo, en baratijas y adornos. Ni se gastaría en vestidos, en excursiones de placer, en fiestas o en banquetes. Podemos confesar a Cristo al no realizar preparativos extraordinarios para las visitas; podemos negarlo haciendo una preparación más que común, que toma un tiempo que en verdad pertenece al Señor. […] Antes de iniciar una diversión para la gratificación del yo, preguntaos lo siguiente: ¿No es este el tiempo que le pertenece a Dios, y su dinero, el que yo estoy gastando sin necesidad? Abrid vuestro libro de cuentas y ved cómo están vuestras cuentas con Dios, con vuestra casa y con el mundo” (Nuestra elevada vocación, p. 194).

“Todo lo que se oponga al fruto del Espíritu, o a la obra de Dios que separa a su pueblo del mundo, es una negación de Cristo, cuyas palabras son: ‘Todo aquel que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios’” (Testimonios para la iglesia, tomo 5, “El Espíritu del mundo es una trampa”, p. 413).

Si confesamos a Cristo ante los hombres, él nos confesará ante Dios y los ángeles. Además de que sufrió por nosotros y que tenemos que beneficiarnos de su sufrimiento, confesará que nosotros hemos sufrido por él y que su reino y sus intereses en la tierra avanzaron con nuestro sufrimiento.

“Cristo está pronto a venir en gloria; y cuando su majestad se revele, el mundo deseará haber tenido su favor. En ese momento, todos desearemos un lugar en las mansiones celestiales. Pero los que no confiesen a Cristo ahora en palabra, en vida, en carácter, no podrán esperar que él los reconozca delante de su Padre y de sus ángeles santos” (En los lugares celestiales, p. 287).

Cuenta la historia de un pastor, que hace años se mudó a un pueblo en Houston, Texas. Poco después de haber llegado y haberse instalado en el pueblo, tomó un autobús para ir al centro del pueblo.

Al sentarse, descubrió que el chofer le había dado un dólar de más en el cambio. Mientras consideraba qué hacer, pensó para sí mismo: “Ah, olvídalo, es solo un dólar, ¿quién se va a preocupar por tan poca cantidad?, de todas formas la compañía de autobuses recibe mucho de las tarifas y no la echarán de menos. Acéptalo como un regalo de Dios.” Pero cuando llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle el dólar al conductor diciéndole: “Tome, usted me dio este dólar de más”.

El conductor, con una sonrisa le respondió: “Sé que eres el nuevo pastor del pueblo. He pensado en regresar a la iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba demasiado cambio”. Se bajó el pastor sacudido por dentro y dijo: “Oh Dios, por poco vendo a Tu Hijo por un dólar”.

Nuestras vidas serán la única Biblia que algunos leerán, así que no olvides ser ejemplo en todo lo que haces.

Que cada día tu oración sea: “Señor, haz que pueda ser testigo tuyo en cada momento de mi vida”.

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