El salmo de la aflicción

El salmo de la aflicción.

“Señor, de lo profundo clamo a ti” Salmo 130:1.

El Salmo 130 es conocido como el cántico de la aflicción. El salmista comienza con una sentencia que traduce la desesperación de su espíritu: “Señor, de lo profundo clamo a ti. Señor, escucha mi voz, estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica” (versículos 1 y 2).

Esas palabras revelan la angustia de un ser atribulado que había descendido a las profundidades del abismo. Usando una expresión descriptiva de su estado de espíritu, diríamos que el autor de este cántico estaba en el “pozo”, deprimido y perplejo.

¡Cuántas veces nos sentimos como David, afligidos por las tristezas, en un mundo que se nos figura como “abismo oscuro de soledad y llanto”! En nuestro abatimiento repetimos afligidos, como el profeta Jonás en los abismos del mar: “Me echaste en lo profundo del mar. Me rodeó la corriente. Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí” (Jonás 2:3).

Pero hay algunas cosas que podemos hacer cuando nos sentimos en el “pozo”. El salmista, en primer lugar, oró: “Señor, escucha mi voz, estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica”. La angustia de su espíritu era tan intensa que su oración se convirtió en un vehemente clamor. Las oraciones más auténticas son aquellas que nacen en un corazón torturado por la angustia.

Pedro camina sobre las aguas, pero cuando siente que se hunde en el abismo, y cuando las olas amenazan tragarlo, grita: “¡Señor, sálvame!” (Mateo 14:30). No había tiempo para escoger las palabras y formular una oración más elegante. La oración constituye la más espontánea expresión del ser delante de Dios. Las palabras nada significan en esos momentos de crisis. Que nadie diga, pues, que no sabe orar. Es suficiente que su necesidad sea presentada a Dios tal como la siente, sin retórica ni lenguaje ornamental.

Sin embargo, el salmista, además de orar, confesó sus pecados a Dios: “Señor, si miraras a los pecados, ¿quién podría subsistir? Pero hay perdón en ti, para que seas reverenciado” (versículos 3 y 4). Pero, ¿qué relación existe entre el pecado y la situación del hombre que se encuentra en el abismo? El pecado arrastra al pecador a los abismos más profundos de la desesperación, produciendo en su corazón este sentimiento de soledad y abandono.

Si nos sentimos en el “pozo”, podremos ascender a la presencia de Dios. Para alcanzar esa experiencia, debemos orar y confesar al Señor nuestras transgresiones.

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