A la puerta de los tibios

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

JESÚS está llamando a la puerta de nuestros corazones, es decir, de nuestras mentes laodicenses, deseando entrar y habitar en nosotros. Él pide permiso, y somos nosotros quienes decidimos si lo queremos o no en nuestra casa espiritual. DIOS hace todo por nosotros, sin embargo, una cosa, una única cosa es la que debemos hacer: abrir la puerta, es decir, decidir si queremos o no ser transformados, si deseamos o no la comunión con nuestro Salvador.

¿A qué tipo de puerta está JESÚS llamando? A la puerta de los tibios, es decir, de las personas indiferentes acerca de su vida y de lo que DIOS promete. Si fuesen personas frías, o sea, contrarias a DIOS, Él no estaría llamando a su puerta; si fuesen calientes, Él ya estaría habitando con esas personas, viviendo en sus corazones. Pero como son tibias, aún hay esperanza de que permitan la acción transformadora del Creador.

Laodicea era una ciudad de la actual Turquía, rica como muchas de nuestras ciudades hoy. Era un centro financiero, de comercio, moda y de investigación científica, y de medicina muy adelantada (para su época). Era también un centro de divulgación académica. Se sabe que todo allí era abundante, menos el agua, que era canalizada desde una fuente térmica caliente que corría 8 km hasta la ciudad, adonde llegaba tibia. La población tenía que dejar enfriar el agua para poder beberla, porque tibia era desagradable. A esta situación es comparada la iglesia de DIOS en los últimos tiempos: espiritualmente tibia (pobre), pero materialmente rica. ¿Cómo así? Tenemos hermosas iglesias, algunas enormes, con mucha inversión de recursos, donde muchos se reúnen pero para exhibir sus peinados, sus vestidos y tener conversaciones triviales. Tenemos sedes administrativas ricas, pero algunas iglesias en condiciones deplorables. Tenemos miembros ricos pero con actividad misionera nula. Somos buenos en reuniones, pero pésimos en nuestra entrega a DIOS. Queremos el cielo al mismo tiempo que deseamos también los atractivos pasajeros de este mundo, que DIOS condena. Hemos perdido la esencia, la identidad, trabajamos poco y sin ánimo para la salvación de las personas, sólo para llenar formularios y hacer informes. El bautismo ha perdido su real significado, el certificado de bautismo es lo que vale. Es necesario un cambio.

En la introducción de la carta a Laodicea, DIOS se refiere a sí mismo como el Amén, el Testigo Fiel y Verdadero, el Principio de la creación de DIOS. Después dice que él conoce las obras de Laodicea. ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, quien se presenta es el Creador de todo, porque con Él se originó todo. En algún momento en el pasado no existía nada, excepto DIOS, y de Él todo se originó. Él es quien está hablando en esta carta. Al referirse a sí mismo como el Amén, DIOS está diciendo que es alguien con quien sólo se puede estar de acuerdo; es imposible estar en desacuerdo o discutir con él y ganarle. Es un ser infinitamente inteligente y capaz, por eso tiene el poder de ser el Creador de todas las cosas.

Pero además, aún afirma que es el Testigo Fiel y Verdadero. Esto significa que Él no miente, no engaña, y que lo que está escrito en la carta es la absoluta descripción de la realidad. Debe ser tomado en serio y considerado como importante y vital.

Es de suma importancia considerar lo que DIOS nos está enseñando y alertando. Es con él con quien debemos acostumbrarnos a vivir, es su voluntad la que es buena para todos nosotros. Él sabe lo que necesitamos y cómo estamos; Él sabe en qué debemos ser transformados. Es importante vivir en comunión con Él cada día, ser fiel y tener esperanza en sus promesas y profecías.

¿Qué es la tibieza? Es una condición de vida espiritual indiferente y cómoda, en medio de una guerra espiritual en curso. Sí, estamos en guerra, pero no usamos armas, ni sabemos cómo usarlas, coqueteamos con el enemigo (las cosas del mundo), amamos los atractivos del enemigo (fútbol, ​​novelas, compras de productos piratas, etc.), idolatramos personajes del mundo, y así sucesivamente. Vamos todos los sábados al culto y a veces los domingos por la noche, haciendo acto de presencia, y hasta vamos al frente en los llamados, pero en nada cambiamos nuestra vida. La espiritualidad, en una semana cualquiera, dura unas cuatro horas, los sábados por la mañana de 9:00 a 12:00 y los domingos por la noche durante el culto. Nada más, sólo formalismo dentro de la iglesia. Hasta predicamos y, en ocasiones con gran esfuerzo, hacemos alguna actividad misionera durante una campaña especial. Pero en familia somos cristianos nominales, en nuestros hogares miramos programas de televisión vulgares, damos mal testimonio en el trabajo. Muchas veces peleamos, insultamos a este o a aquel. En otras ocasiones, somos malos profesionales. En la calle manejamos por encima de la velocidad permitida o segura.

Hacemos el culto familiar, pero muchas veces los hacemos sólo como un ritual sin sentido, que no cambia nuestra vida. Otros hacemos los cultos tan largos, como los fariseos, que se convierten en una carga para la familia, especialmente para los niños. Es necesario cambiar.

El Señor quiere salvar a su iglesia. Por eso Él la reprende. Sucede que nosotros, seres humanos pecadores, no entendemos el lenguaje del amor celestial, que nunca reprende a los ángeles, por ejemplo. Nosotros, pecadores, entendemos el lenguaje del dolor. Y a menudo el dolor debe ser intenso con el fin de entender los mensajes divinos. Un ejemplo de ello son las multas de tránsito a los conductores ebrios. Tiene que doler el bolsillo, sólo así algunos entienden, aunque muchos otros todavía no comprenden que conducir borracho es peligroso. Pasa lo mismo en la vida espiritual, sólo con reprensiones dolorosas algunos logran entender que deben cambiar, pero la mayoría no, continuará en un estado de tibieza, es decir, de cizaña, hasta el día de la ejecución del juicio. Allí aún preguntarán a DIOS, “¿por qué somos condenados, si hemos sido miembros de iglesia?”

Hay tres tipos de personas que pueden componer un auditorio, los que están atentos, todo orador gusta de ellos; los que están en contra del orador y su discurso, no son los peores porque después de todo tienen una actitud activa, y los que son indiferentes, estos sí son los peores, porque son ajenos a lo que se está diciendo. En el caso de estudiantes, es un hecho que van a obtener malos resultados.

Lo mismo sucede en la iglesia, el público indiferente o tibio, no reacciona. Y si reacciona, el efecto de esta reacción es de tan corta duración que a la salida del culto todo vuelve a ser como antes. Estos a menudo leen la Biblia y estudian la lección, pero como una obligación, no para buscar un cambio de vida. Todo lo que hacen, lo hacen en forma rutinaria y mecánica, muchas veces para ayudar al pobre pastor que necesita presentar informes para la autoridad superior. En resumen, están acostumbrados a una práctica que hace mucho tiempo que no produce ningún efecto espiritual.

Así es Laodicea. Una iglesia que cree ser rica y que no necesita nada. ¿Qué riqueza es esta? Creo que podemos ver esta riqueza desde dos puntos de vista. Una es la doctrinaria. En verdad, no hay otra iglesia en la tierra que tenga la doctrina como Laodicea. Acepta toda la Biblia, tiene el Espíritu de Profecía y predica que esta es la verdad. En este sentido es una iglesia rica, tiene la verdad, y no hay otra iglesia que en estos tiempos modernos tenga una profetisa como la tiene la IASD. Circundando ese conocimiento es una iglesia que posee centros universitarios de enseñanza, con formación de graduados en teología, especialistas, maestros y doctores. Esto no está mal, pero ¿cuántos se convierten en orgullosos y arrogantes a causa de sus títulos? ¿Cuántos se creen superiores en razón de esos títulos?

Pero ¿cuál es el estado real de la iglesia? Ella es pobre, ciega y desnuda. Necesita cambiar, necesita comprar oro para ser rica, comprar colirio para ver y necesita vestirse. “Como fue en los días de Cristo, así es hoy; los fariseos no conocen su indigencia espiritual. A ellos llega el mensaje: “Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez.” La fe y el amor son el oro probado en el fuego. Pero en el caso de muchos, el oro se ha empañado, y se ha perdido el rico tesoro. La justicia de Cristo es para ellos como un manto sin estrenar, una fuente sellada. A ellos se dice: “Tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido (El Deseado de Todas las Gentes, 246).

Nosotros, Laodicea, tenemos que realizar este reavivamiento para que DIOS nos dé poder mediante el derramamiento del ESPÍRITU SANTO, a fin de concluir la predicación del evangelio. Afortunadamente este reavivamiento ya está en marcha, iniciado por el presidente mundial, el pastor Ted Wilson. Es un hecho profético que habrá reavivamiento y reforma. Muchos no participarán, continuarán en la zona de comodidad, sin darse cuenta de que están camino al infierno. Esos son la cizaña. (Apoc. 3:18)

Nuestro Señor está en nuestra puerta, con algunas buenas mercaderías para vender. En realidad Él las ofrece pero no cobra nada por estas mercaderías; entrega el título de propiedad y la mercancía, y no requiere pago alguno. Lo que él vende es en verdad gratis; el precio fue pagado por Él: nadie más lo podría haber hecho. Este pago no puede ser hecho con dinero, sino sólo por Su sangre. Los tres productos que ofrece son: oro refinado en fuego, la verdadera riqueza; vestiduras blancas, y colirio para los ojos.

El oro representa la riqueza de la fe, que está íntimamente ligada al amor de DIOS. La fe nos une a DIOS, y actuamos entonces de acuerdo a esa unión, poseyendo cada vez más las características que DIOS mismo tiene. Esto es comunión con DIOS; una vida de experiencias diarias con el Salvador; así seremos modificados y transformados para la ciudadanía celestial.

Las vestiduras blancas son en realidad el efecto del oro que es la fe, para caminar en justicia, así como lo hizo nuestro Señor JESUCRISTO. Es la parte práctica de la vida; como dijimos, el efecto de la fe. Es una vida de obras correctas basadas ​​en principios correctos, pues ya hemos sido salvados mediante esta fe.

El colirio representa al poder del ESPÍRITU SANTO, que actúa en nosotros, nos transforma, nos recrea y nos convierte en ciudadanos con fe en nuestro Salvador. A través de este poder podremos ver, discernir y entender lo que es correcto para nosotros y lo que debemos evitar. Quien tiene este colirio ya no cae más en las tentaciones de la televisión, del fútbol, de ​​la música secular, de los programas vulgares; ya no necesita del asesoramiento de los demás, porque el propio DIOS le hace entender lo que debe y lo que no debe hacer o ver en este mundo. Ya no se pregunta ¿pero dónde en la Biblia se prohíbe ver novelas?

Cantares 5:2-5. En Apocalipsis es JESÚS quien nos pide que abramos nuestro corazón a Él para que entre y habite con nosotros. En Cantares es un joven el que llama a la puerta de su amada, queriendo que le abra para recibir su visita. Lo que hay en común en ambos casos es el amor. El amor de DIOS por nosotros es lo mismo que, entre nosotros, el querer el bien, ayudar y servir. JESÚS vino para servir, y así quiere que vivamos nosotros, deseando servir, haciendo el bien y ayudando a los demás en sus problemas. El amor nos hace percibir sentimientos por los demás, tanto cuando están bien, como cuando están mal. Nos alegramos con sus alegrías, y nos entristecemos con sus tristezas. Esto se llama empatía, o sea, la capacidad de colocarnos en el lugar del otro y sentir lo que él siente, entenderlo y desear ayudarlo.

Hay cuatro estrategias de Satanás contra la iglesia adventista. Lea acerca de esto en el libro Testimonios para los Ministros, páginas. 472-475. La primera estrategia, muy poderosa, es la tibieza, o sea, el estado típico de Laodicea. Gracias a la tibieza Satanás se despreocupa, pues él controla la iglesia, que no avanza como debiera, ni tiene el poder amenazador del ESPÍRITU SANTO, que podría desmantelar a Babilonia. La segunda estrategia es la opresión que combatirá a la iglesia si esta realiza el reavivamiento y reforma. Por lo tanto, estamos cerca de ésta situación. La tercera estrategia es la ley dominical, para tratar de eliminar a la iglesia a través de la privación del alimento y dejar a los miembros en un estado de duda e inseguridad con respecto a DIOS. Esta es la estrategia que sacudirá tremendamente la iglesia de CRISTO y separará el trigo de la cizaña. Cuando Satanás intente dañar la iglesia, en realidad provocará su purificación. ¿Quién puede algo contra DIOS? ¿Quién puede algo en contra de su iglesia? Y la cuarta estrategia es el decreto de muerte, ya en el tiempo de las plagas, para tratar de eliminar a todos los fieles siervos de DIOS.

De estas estrategias, la que más favorece a Satanás es la tibieza. Es cuando la iglesia permite una convivencia cordial entre las fuerzas del mal y del bien, una especie de tregua conveniente para ambas partes, para acomodarse a la situación. Sólo favorece al enemigo, nunca al pueblo de DIOS. La tibieza resulta de una mezcla de los principios cristianos con lo mundano, de modo que la iglesia no desaparece, pero pierde la intensidad de su poder.

Esta iglesia, la Iglesia Adventista del Séptimo Día, es la iglesia verdadera. No habrá otra ni saldrá otra de ella. Es en ella que se producirá el reavivamiento y la reforma, lo que separará la cizaña del trigo. La cizaña saldrá para unirse a Babilonia, pero el trigo permanecerá reavivándose y realizando la reforma, recibirá el poder del ESPÍRITU SANTO y completará la predicación del Evangelio de CRISTO a través del Fuerte Clamor. Entonces JESÚS volverá.

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