Cántico de gratitud

Cántico de gratitud.

“¡Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios!” Salmo 103:2.

Lord Philip Inman describe en su autobiografía las angustias financieras que vivió su madre, viuda, y el espíritu de gratitud que la motivaba en sus devociones diarias.

Philip era el menor de cuatro hermanos. El padre murió cuando él era todavía un niño y su madre tuvo que mantener la familia con recursos extremadamente escasos. Era, sin embargo, una mujer de espíritu indomable; cultivaba una fe simple y nunca se dejó abatir por un espíritu de autoconmiseración. Para mantener y educar a sus hijos, lavaba y planchaba, cada día, pilas y pilas de ropa. Como el dinero no era suficiente, a la noche limpiaba las salas de clase de la escuela local y, para conseguir algunos recursos adicionales, de la escuela se dirigía al cementerio, donde a la luz de un farol lavaba las lápidas de mármol de las tumbas.

Después volvía a casa y reunía a sus hijos para celebrar el culto vespertino. Tomando la vieja Biblia decía con voz cansada: “Leeremos una porción de este libro antes de dormir”. Muchos capítulos le agradaban; sin embargo, su favorito era el Salmo 103: “¡Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios!” (versículo 2).

Lord Inman escribió: “Este salmo me intrigaba grandemente, y me intrigaba también la razón por la que era su favorito. Una noche le pregunté cuáles eran los beneficios que no debíamos olvidar. Una luz brilló en sus ojos cansados y se le iluminó el rostro. Y ella me respondió: ‘Tengo salud y fuerzas. Tenemos un techo sobre nuestra cabeza. Y os tengo a vosotros, hijos queridos, tesoros de mi corazón’”.

Estas eran las razones que llevaban a una extraordinaria mujer a leer, reverentemente, el mismo salmo todos los días: “¡Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios!”.

Este es, sin duda, uno de los cánticos más preciosos entre los salmos de paz. A través de los signos, hombres y mujeres, ricos y pobres, sabios e indoctos, con oración transbordante de gozo repiten sus palabras inspiradas.

Parecería que la intención del salmista fuese el reunir todas las voces, de todos los pueblos de la tierra, en un inmenso conjunto coral, para entonar un himno de loor y adoración al autor de “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17).

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