Discerniendo la voz de Dios

Discerniendo la voz de Dios

“Mis ovejas oyen mi voz, yo las conozco, y ellas me siguen” Juan 10:27.

Alguna vez alguien dijo que, aunque sabe que las ovejas de Dios deben prestar atención a su voz para que puedan encontrarlo y seguir sus pasos, muchas personas aún no saben discernir la voz de Dios. Entonces, ¿cómo identificar la voz de Dios? Esta pregunta es de suma importancia.

Para aceptar la obra de Dios de los últimos días y contemplar Su aparición, debemos saber identificar Su voz. De hecho, identificar la voz de Dios significa reconocer Sus palabras y manifestaciones, y reconocer las características de las palabras del Creador.

En el Salmo 55:1-3 aparecen tres voces bien identificadas: “Escucha, Dios, mi oración, no te escondas de mi súplica. Atiéndeme y respóndeme. Clamo en mi oración, y me conmuevo, a causa de la voz de mi enemigo, por la opresión del impío. Porque iniquidad vierten sobre mí, y con furor me persiguen”.

  1. La voz del enemigo: El clamor del enemigo puede ser áspero y exacerbado, pero también puede ser una voz suave de apariencia angelical. Satanás sabe adaptarse a las circunstancias, modulando su voz, envolviendo la tentación en un manto atrayente. Sepamos discernir las maquinaciones del gran adversario; y no nos dejemos engañar, siguiendo voces extrañas.
  2. La voz del hombre que suplica a Dios: “Escucha, oh Dios, mi oración, y no te escondas de mi súplica”. Esta oración representa el angustioso clamor de un corazón afligido. Y Dios oye la humilde petición formulada por el pecador atribulado. “Como el padre se compadece de sus hijos, el Señor se compadece de los que lo reverencian. Él conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:13, 14). Con nuestra voz, a través de la oración, llevamos a Dios nuestras debilidades y limitaciones y, como respuesta, Dios nos da fuerzas para nuestras debilidades, coraje en medio del desánimo, auxilio en las perplejidades y socorro cuando nos sentimos desvalidos.
  3. La voz de Dios: El mismo Dios que habló en la creación de la tierra, los ríos, los mares y todo cuanto hizo; que ordenó al Mar Rojo que se abriera para que el pueblo de Israel pasara rumbo a Canaán; que habló a las agitadas olas del mar para que se clamaran, tranquilizando a los discípulos en el barco; que en la cruz prometió la entrada en el reino de los cielos al agonizante malhechor arrepentido; también habla al corazón de aquellos que en él confían. “Habla Jehová, porque tu siervo oye”, dijo Samuel al oír la voz de Dios. Pero nosotros muchas veces preferimos decir: “Escucha, Señor, porque tu siervo habla”.

En nuestro trajinar de cada día, absortos en los “cuidados de esta vida”, corremos el riesgo de descuidar la voz de Dios y rechazar sus instrucciones. Tratemos este día de discernir la voz de Dios al hablarnos al corazón.

Juan, el último sobreviviente de los doce apóstoles de Cristo, exiliado en la rocosa isla de Patmos, contempló, entre el silencio de los peñascos y el ruido de las olas del mar, la gloria del Señor.

Vio en visión “a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies. Tenía el pecho ceñido con una cinta de oro” (Apocalipsis 1:13). Y concluyó su descripción con esta síntesis magistral: “Y su voz era como estruendo de muchas aguas” (Apocalipsis 1:15).

A veces percibimos la voz de Dios en el ruido estrepitoso de las grandes cataratas; o en el murmullo casi imperceptible de los arroyos que se mueven suavemente. La voz de Dios se hace oír algunas veces en el soplo impetuoso de las tormentas o también en la brisa fresca de las mañanas primaverales. La oímos en el eco de los relámpagos que iluminan las noches tempestuosas y en las miríadas de estrellas que cintilan en las noches tropicales.

Moisés oyó la voz de Dios en medio de la zarza que ardía pero no se consumía. Elías la oyó, cuando abatido por el desaliento, estaba sentado debajo de un árbol en el desierto de Horeb. Isaías la escuchó en el templo: “En el año en que murió el rey Uzías, yo vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo. Después oí la voz del Señor, que dijo: ‘¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?’ Entonces respondí: ‘Aquí estoy, envíame a mí’” (Isaías 6:1, 8).

Muchos hombres y mujeres piadosos la escucharon a través de la historia. La Palabra dice que “En el pasado, Dios habló muchas veces y de muchas maneras, a nuestros padres mediante los profetas” (Hebreos 1:1).

Cuando escuchamos la voz de Dios, algo extraordinario sucede dentro de nosotros. No podemos escuchar esa voz y seguir el curso de nuestra vida sin experimentar una gran transformación. Bastará oírla una sola vez para que la conciencia de nuestra propia pecaminosidad se despierte. Y esa fue la experiencia del profeta Isaías.

Cuando la voz de Dios resonó en su conciencia, exclamó perplejo: “¡Ay de mí, que soy muerto! Porque soy hombre de labios impuros, que vivo entre un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso” (Isaías 6:5).

Pero cuando la boca de Isaías fue tocada por la brasa vida sacada del altar, se sintió purificado de sus pecados, y al oír “la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”, respondió: “Heme aquí, envíame a mí”.

Felices son los que, en medio de la agitación y el tumulto, pueden oír la voz de Dios hablándoles al corazón.

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