El milagro purificador

El milagro purificador.

“Él perdona todos tus pecados, sana todas tus dolencias, rescata del hoyo tu vida, te corona de amor y de ternura, sacia de bienes tus anhelos y te rejuvenece como el águila” Salmo 103:3-5.

Naamán era general del ejército del rey de Siria, respetado por todos en su país como defensor de la causa nacional. Debido a su coraje, Siria fue salva del dominio extranjero.

Sin embargo, como todo hombre, Naamán tenía sus peros, que empañaban el brillo de su grandeza. A pesar de su fama de héroe nacional, su más humilde soldado jamás aceptaría cambiar su posición de soldado por la grandeza de su general leproso. Sí, Naamán vivía el drama de una enfermedad repugnante e incurable.

Una de las jóvenes de Israel, de las que habían sido llevadas cautivas a Siria, fue vendida a Naamán para estar al servicio de su esposa. Su generoso corazón hizo que simpatizara con el drama vivido por su amo. Como buena israelita, se esforzó por dar a conocer la gloria de su Dios. Y como sierva dedicada, deseaba la felicidad de su señor.

Por eso, un día le dijo a la esposa de Naamán: “Si mi señor rogase al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra” (2 Reyes 5:3).

Informado de esas palabras, Naamán creyó y se preparó para ir a ver al profeta. Eliseo no quiso recibirlo personalmente. Le envió un emisario con el mensaje: “Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio” (2 Reyes 5:10).

Naamán cumplió la orden del profeta, se bañó siete veces en las aguas del Jordán y quedó completamente curado de la lepra. “Su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio”.

No fueron las aguas del río las que curaron al ilustre general de Siria, sino el poder de Dios operando a través de la obediencia. Las aguas del Jordán no tenían ninguna propiedad terapéutica.

La lepra es usada en la simbología bíblica para representar la malignidad del pecado. El pecador pierde gradualmente la sensibilidad de la culpa del pecado y se embrutece.

Así como las deformaciones producidas por la lepra generan repulsión en nuestros instintos naturales, así el pecador insensible y contumaz, carcomido por el pecado, levanta su cara repugnante y provoca misericordia y pesar.

El mismo Dios que curó a Naamán desea lavar nuestras heridas morales en la sangre de Cristo y obrar en nosotros el milagro purificador.

Dios te ama mucho, y Dios quiere lavar tu pasado y limpiarlo completamente. No le interesa quién fuiste, ni cómo viviste, ni lo que hiciste. Puedes haberte ido lejos de Dios, puedes haber caído hondo en el peor de los abismos. Si desde ahí clamas a Dios, todo lo que necesita es un segundo para llegar a tu vida y transformar todo, y colocar todo en orden.

Hay tres cosas que necesitas reconocer: La primera es: “Tú no puedes”. Y es tan difícil para el ser humano aceptar esto, ¿y sabes por qué? Porque vivimos en un mundo donde la filosofía humanista de nuestros días te enseña: “Tú si puedes. Saca la energía interior, saca el poder interior, saca la fuerza interior, mira dentro de ti”. Pero dentro de ti no hay fuerza interior ninguna, no hay energía. Por eso es que por más que te esfuerzas nada te sale bien. Dentro de ti solo hay desorden, hay vacío, porque cuando Jesús no está en tu vida solo hay desorden, y por más que te esfuerzas, por más que luchas, por más que estudias, por más que quieres, nada da resultado, porque dentro de ti solo hay vacío. Entonces, después de tanto fracasar por intentar todo solo, llega un momento en que caes y nunca más quieres levantarte, y piensas que tu destino es sufrir, que has venido a este mundo para fracasar. Pero lo único que necesitas es dejar entrar a Jesús en tu vida para colocar orden, porque la Palabra de Dios dice que el Espíritu de Dios siempre se está moviendo, queriendo entrar a las vidas desordenadas y colocar todo en orden; colocar tus conceptos, tus valores, tus sentimientos, tus complejos en orden.

Los complejos destruyen la vida. Son heridas que han abierto cuando éramos niños y que nos acompañan toda la vida sangrando. Hay gente que tiene el complejo de inferioridad; se siente gusano, se siente nada, no tiene ganas de vivir. Hay gente que tiene el complejo de superioridad; cree que vale mucho, cree que es todo. Hay gente que tiene diferentes tipos de complejos, y solo Jesús es capaz de entrar en la vida y ordenar todas las cosas.

Pero Jesús no solo coloca orden en el desorden, sino que Jesús saca el vació. Aquella sensación de que estás perdido, de que estás mal. Una cosa que no puedes describir. Llega la noche y simplemente no puedes dormir. Tienes miedo del futuro, del pasado, del presente, de morir, de vivir, de perder el empleo, tienes miedo de todo, y te preguntas: “¿pero, por qué?” No entiendes… es el vacío, un vacío misterioso que no tiene explicación. Te acompaña de día y de noche; el vacío del corazón humano te lleva a la desesperación, y a veces se traduce en depresión; gente que tiene todo para ser feliz, pero llora todo el día, no tiene ganas de trabajar, no tiene ganas de levantarse… “pero si tienes un esposo, si tienes comida, si tienes buena salud, ¿por qué?” El vacío del corazón humano. Vas a un médico, te dan medicina, tomas medicina, pero nada mejora. Pero un día Jesús aparece en tu vida, entra en tu corazón, y de repente las ganas de llorar desaparece, y llega la noche y duermes.

Tu vida puede estar de cabeza y nadie sabe. En el fondo del corazón tu percibes que no eres feliz; hay algo que te falta y no sabes decir qué es, no sabes definir.

Hoy el Espíritu de Dios se está moviendo y quiere entrar en tu vida y colocar orden, y sacar el vacío, pero el Espíritu Santo es la persona más cortés, porque nunca entra derribando la puerta, sino que toca y dice: “Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a su casa y cenaré con él, y él conmigo”. (Apocalipsis 3:20).

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