“Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó; de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel” (Mateo 15:30, 31).

En muchos hospitales públicos vemos hoy centenares de enfermos en camillas y sillas, sufriendo sin ser atendidas como deberían. Vemos filas larguísimas de gente que desea una cita médica con esperas de varios meses en la mayoría de los casos. Vemos gente esperando por un trasplante, muchos muriendo lentamente, aunque con esperanza que la cura llegue algún día. Vemos también nuevas enfermedades, para las cuales aún no hay curación. Vemos ancianos sufriendo postrados, sin tener a nadie para cuidarlos. Hay enfermedad por todas partes.

Tenemos la medicina más avanzada de todos los tiempos. Por ejemplo, podemos hoy disponer de exámenes preventivos de enfermedades genéticas hereditarias. Una persona muere hoy de hambre en el mundo cada 5 segundos. Entre esas, un niño muere de hambre cada 10 segundos. Un billón de personas pasa hambre en el mundo, o sea una de cada 8, según un informe de la ONU. Dicen estos mismos informes que sí hay alimento para todos, pero está mal distribuido, es caro y suele ser desperdiciado. El papa Francisco volvió a hacer referencia a lo que él llama “cultura del descarte”, y afirmó que “con la comida que se tira se podría alimentar a todas las personas que padecen hambre en el mundo” [dicho el 5/12/13] (http://www.abc.es/sociedad/20131220/abci-papa-tirar-comida-navidad-201312201551.html) . Las enfermedades modernas que más afectan a las personas en el mundo hoy son: el estrés, enfermedades del sueño, diabetes, infarto del miocardio, accidentes cerebros vasculares. En el tiempo de Jesús, ni se oía hablar de estas dolencias.

Ahora intente imaginar la siguiente situación: si en aquellos tiempos Jesús dedicaba más tiempo a curar que a predicar, ¿cuánto trabajo tendría hoy si estuviese por aquí? Le bastaría llegar cerca de una de esas filas para que centenares de personas se aproximasen a Él. ¡Cuánto necesitamos que Él vuelva! Para detener tanto sufrimiento. Aquí sufren ricos y pobres, buenos y malos, y todos tienen problemas que terminarán con la segunda venida. ¡Al fin!

¿Cuál era el gran temor del paralítico de Capernaum, aquel cuyos amigos lo bajaron por el techo de una casa? Que su parálisis fuese consecuencia de sus muchos pecados. ¿Y qué es lo que ese hombre más deseaba? Antes de ser curado, quería ser perdonado. Él quería el perdón y la cura, en ese orden.  Pero lo colocamos aquí para destacar que la curación del Mesías era completa; quitaba también los temores de la gente. En aquellos días se creía que la enfermedad era un castigo por ser pecador. Por lo tanto, los enfermos sufrían las consecuencias de la enfermedad y del pesar por el sentimiento de culpa, y muchas veces sin tener culpa alguna, como fue el caso de Job. Esto era una tortura para los enfermos, un doble sufrimiento. Para realizar estas curaciones, Jesús tuvo que morir en la cruz. Si no hubiese sido así, podría haber curado sólo físicamente, como lo puede hacer cualquier médico dentro de sus limitaciones, pero no podría perdonar y salvar a la persona para la vida eterna.

Y para que la muerte de Jesús sea la solución para los pecadores, Él tendría que vivir sin pecado antes de morir, ser un ejemplo de vida, y tener una vida sin que Satanás pudiese encontrarle ni siquiera un motivo de acusación. Ningún ser humano fue o es capaz de esto. Ningún rey o presidente brinda una utilidad si muere por sus gobernados. El único sacrificio útil fue el de Jesús, porque vivió sin pecado y porque resucitó.

La enfermedad física resulta de la condición pecaminosa, pero no es un castigo por algún pecado. Puede haber un efecto directo de un pecado, pero no es un castigo. Por ejemplo, una persona puede contraer cáncer por fumar, quizás hasta muera. Beber alcohol y conducir puede terminar en un accidente. Son efectos, no castigos. El castigo por los pecados no confesados sucederá al final del milenio.

Ellen G. White escribe generosamente que la relación entre la mente y el cuerpo, para bien o para mal, depende de lo que pasa en nuestros pensamientos. Hay un libro que recomendamos leer, una compilación de los escritos de EGW: “Cómo Lidiar con las Emociones”. Vale la pena leerlo.

La mente y el cuerpo forman una unidad. Uno depende del otro; uno afecta al otro. La sensación de culpa afecta al cuerpo de una manera mientras que la sensación de estar perdonado lo afecta de otra manera. Hay emociones que hacen bien al cuerpo y hay emociones que hacen mal. Hay estados mentales positivos para el cuerpo y hay también estados mentales negativos. A través de la mente podemos enfermarnos o podemos ayudar en la cura de enfermedades, o aún mejor, podemos mantenernos saludables, con defensas naturales activas.

Jesús no sólo curaba la enfermedad física. Cuando Jesús curaba también curaba la parte espiritual, aliviaba las torturas mentales. Así fue en el caso de la prostituta que fue llevada por algunos hombres para ser apedreada. En una sociedad machista como en aquellos tiempos, el hombre que fue descubierto en flagrante delito con ella no fue traído a Jesús, sólo la mujer. ¿Y qué pasaría en la mente de aquella prostituta? ¿cómo se sentiría vendiendo su cuerpo? ¿Sería acaso que le gustaba aquello? Quizás estaba en esa situación por algún motivo especial, queriendo salir sin poder lograrlo.

Vamos a imaginar un poco la situación de ella. ¿Qué hacer en la vida siendo la excluida de la sociedad, a la que nadie daría una oportunidad de remisión? Y entonces fue sorprendida en flagrante delito y llevada a Jesús. Así se vio delante de un hombre bueno y puro, temiendo lo que él podría decir. Tal vez la condenase al apedreamiento, conforme a la costumbre. Pero ocurrió lo contrario, él condenó a los hombres que la llevaron, y uno a uno se fue de allí. A ella simplemente le dijo: “ve y no peques más”. Estas palabras sonaron como un bálsamo para su culpa mental. Estaba perdonada y debería entrar en una nueva vida, y estaba autorizada a esto.

“El estar consciente de obrar correctamente es la mejor medicina para los cuerpos y las mentes enfermos. La bendición especial de Dios que reposa sobre el que la recibe es salud y fortaleza. La persona cuya mente está tranquila y satisfecha en Dios está en camino de la buena salud. El tener conciencia de que el ojo de Dios nos contempla y que su oído escucha nuestras oraciones, es sumamente satisfactorio. Saber que tenemos un Amigo que nunca falla a quien podemos confiar todos los secretos del alma, constituye una felicidad que las palabras no pueden expresar. Las personas que tienen sus facultades morales anubladas por la enfermedad no pueden representar correctamente la vida cristiana ni la hermosura de la felicidad. Se encuentran con frecuencia en el fuego del fanatismo o en el agua helada de la indiferencia o en el abatimiento insensible” (Consejos sobre la Salud, pg. 630).

Jesús, cuando estuvo en esta Tierra demostró poder sobre la muerte. Resucitó por lo menos a tres personas: a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naín y a Lázaro. Los discípulos hicieron lo mismo. Por el poder de Dios la muerte no logra permanecer victoriosa, y tiene que devolver a sus cautivos. Es esto lo que Jesús promete: un viaje de ida, mil años en el Cielo y otro viaje de vuelta, para esta que será la Nueva Tierra. Todo esto con vida eterna.

Nosotros, los que creemos en Cristo, comprendemos perfectamente lo que nos es propuesto: vida eterna. Aquellos que murieron pasarán por la resurrección, y los que quedaron vivos serán transformados en un pestañear de ojos, y se volverán perfectos, libres de culpa, con garantía de vida eterna. ¡Creemos en esto!

“Esta curiosa fascinación por la curación, sucede desde los tiempos de Jesús. Él sanó, hizo milagros y maravillas, pero cuando predicó sobre la vida en el reino de Dios no dijo que los felices serían los curadores o los curados; cuando Jesús habló sobre la vida feliz, dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos (Mt. 5). Estos son felices porque experimentan la salvación, estos son felices porque son la sal de la tierra y la luz del mundo”

Jesús efectuó muchas curaciones, y sólo algunas están relatadas en los evangelios. Estas maravillas atraían multitudes. Hay curiosidad, hay fascinación en relación a este poder. En nuestros días Satanás utiliza tal demostración para atraer millones de personas al error. Y usa dos cosas que impresionan: el falso don de falsas lenguas, aunque la gente cree que son lenguas de ángeles, y el don de sanación, que aparece a gran escala en televisión. En estos últimos tiempos, tales manifestaciones de contraposición al verdadero poder de Dios se intensificarán para engañar. El engaño siempre fue el arma de Satanás. Por ejemplo, en las primeras plagas de Egipto él consiguió, por su poder, imitar lo que Dios hacía por intermedio de Moisés y Aarón. En la actualidad ha desarrollado mucho conocimiento científico y sabe cómo hacer maravillas, incluso auténticas curaciones. Como dice la cita arriba mencionada, este poder atrae a las multitudes y las vuelve cautivas de los poderes oscuros, o por otro lado las atrae hacia el reino de Dios. Esto depende de quién realice la atracción.

Jesús también atraía multitudes por su poder de curación. Venían a él personas para ser curadas y venían personas para ver esas curaciones. Todo era fascinante, aunque una minoría venía a Jesús para seguirlo y ser transformada por él. Continuamente estaban ahí representantes del Sanedrín para espiar a Jesús, ver lo que hacía e informar a los líderes judíos que deseaban matarlo por su poder y por la atracción que ejercía. Así será en los últimos días, existirá atracción auténtica y atracción engañosa.  En nuestra iglesia existe el don de curación, pero aún en forma discreta. Así como Jesús, cuando tengamos poder intenso no lo usaremos para exhibirnos, y sí para salvar a las personas para el reino de Dios. El perdón de los pecados y la transformación serán las principales metas.

En el tiempo de la predicación del fuerte clamor tendremos poder de lo alto para curaciones maravillosas, totalmente hechas por Dios. Los pecados serán perdonados y la gente será transformada. Multitudes serán atraídas a la verdadera iglesia por medio de este poder, y muchas personas se entregarán para ser completamente cambiadas. No serán sólo curaciones sin transformación alguna. Todos nosotros tendremos poder de lo alto para salvar almas para el reino de Dios. Esta es la gran meta, la transformación y la salvación para la vida eterna.

Las enfermedades jamás son castigos de Dios por el pecado, sino que son efectos o consecuencias de la existencia del pecado. Pueden ser también efectos de algún pecado específico. Por ejemplo, si la persona fuma, esto es pecado, no debe hacerlo, y si un día contrae cáncer es este efecto de ese pecado, no un castigo de Dios. Si esta persona muere por causa del cáncer, es este otro efecto de aquel pecado. Hay también enfermedades y males por culpa de un ambiente pecaminoso, y quien nada hizo para tener una enfermedad puede como consecuencia ser afectado. Por ejemplo, podemos contraer una gripe, aún cuidándonos.

La enfermedad, no es un indicador de la condición espiritual de la persona, más bien, una buena condición espiritual la lleva a tener una salud superior. Aun así, hay excepciones, y personas que se cuidan bien pueden enfermar severamente y hasta morir por causa de la enfermedad. Son las condiciones de la existencia del pecado que genera un ambiente perjudicial para todos.

Debemos buscar un equilibrio general en nuestra vida, cuidando de nuestra condición espiritual todos los días y también de nuestra condición física, cultivando buenos hábitos de salud.

“Es imposible que cualquiera disfrute de la bendición de la santificación mientras sea egoísta y glotón. Los que tal hacen gimen bajo una carga de enfermedades debido a los malos hábitos en el comer y beber, que hacen violencia a las leyes de la vida y la salud. Muchos están debilitando sus órganos digestivos al complacer un apetito pervertido. El poder que tiene la constitución humana de resistir los abusos que se cometen con ella es admirable; pero los hábitos erróneos persistentes que consisten en comer y beber en exceso debilitarán toda función del cuerpo. Que estas personas débiles consideren lo que podrían haber sido si hubieran vivido en forma temperante, y promovido la salud en lugar del abuso. En la gratificación del apetito y la pasión pervertidos, aun los profesos cristianos incapacitan a la naturaleza en su obra, y aminoran el poder físico, mental y moral. Algunos que lo están haciendo, pretenden estar santificados para Dios; pero tal pretensión no tiene fundamento…” (Consejos sobre el Régimen Alimenticio, pg. 194).

Nosotros, adventistas del séptimo día, debemos ser ejemplo para el mundo acerca de cómo es superior la vida espiritual y física para los que sirven a Dios. ¡Esto convence!

Dios te bendiga.

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