El ser humano se apartó de Dios.

“Y mandó Jehová Dios al hombre diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16, 17).

El ser humano fue creado a imagen y semejanza del Creador. Eso significa que tiene capacidad para tomar decisiones complejas. Los animales también deciden, pero en ellos es diferente del modo en que deciden los seres humanos racionales. Nosotros, a semejanza de Dios, somos capaces de decidir y de evaluar las repercusiones de las decisiones. Por ejemplo, si decidimos hacer un viaje, somos capaces de planificar ese viaje para que salga lo mejor posible, de proveer todo lo necesario para que todo ocurra del mejor modo. Somos capaces de decidir la velocidad a la que iremos en el automóvil para evitar cualquier posible accidente, somos capaces de saber que debemos revisarlo, y cosas por el estilo. Sabemos que las decisiones tienen consecuencias y tenemos poder para anticipar esas consecuencias para decidir obtener resultados favorables y evitar resultados indeseables.

Pero el ser humano debe responder por lo que decide. Si sabemos –por ejemplo– que conducir en estado de ebriedad es peligroso, porque puede terminar en un accidente, colocando incluso en riesgo la vida, entonces si actuamos de ese modo debemos responder con alguna clase de penalidad. Es decir, no sería necesaria alguna ley que prohíba conducir en estado de ebriedad. Los seres racionales deberían saber que eso es imprudencia. Pero el ser humano se apartó de Dios, y ya no tiene una plena noción de las consecuencias de sus actos. Y ese apartamiento se está profundizando, por lo que, si no hay leyes severas y una fiscalización continua, las personas simplemente conducirán embriagadas pensando que nada les sucederá. Hemos llegado a una situación tan degenerada con respecto a nuestra capacidad de tomar decisiones que casi siempre tendemos a decidir equivocadamente, con consecuencias negativas prontas a manifestarse.

Estamos, como raza humana, perdiendo la original imagen y semejanza del Creador. Y es por esto por lo que el mundo va de mal en peor. No obstante, los que estamos en la iglesia verdadera, al menos muchos de nosotros, estamos buscando ser transformados por el poder del Espíritu Santo, convirtiéndonos en personas más semejantes a Cristo, volviendo a la originalidad de seres morales capaces de evaluar sus actos y las consecuencias de ellos. Estos están en el camino de la salvación.

Hay diferencias entre los seres humanos y los animales. Somos parecidos con el Creador y somos seres morales, que deben tener capacidad de evaluar las consecuencias de sus actos. Por eso también los seres humanos deben responder por los actos que provocan problemas a la naturaleza, a los animales, a otros seres humanos y a la propia persona que actuó de manera indebida. La conducta de los animales depende del ejemplo del ser humano. Cuando Adán y Eva fueron creados, había un perfecto equilibrio en toda la creación, y ese equilibrio se hubiera mantenido perpetuamente en caso de que la primera pareja y sus descendientes hubieran sido fieles a la norma moral instituida por Dios.

En el principio, en el Jardín del Edén, la primera pareja fue sometida a una prueba que sólo se podía aplicar a seres morales. Recibieron total libertad de comer los frutos de todos los árboles, menos de uno, llamado “árbol del conocimiento del bien y del mal”. No había nada de especial ni de tentador en este árbol, sólo que no debían comer de su fruto. No eran atraídos hacia él por algún aroma, o por alguna otra fuerte atracción a la que debían resistirse. Simplemente la cuestión era no comer, y punto. Lo que había de especial en esto residía en Adán y Eva, y era la demostración de su capacidad de obedecer a un mandato del Creador, de obedecerlo por amor.

Como descendientes de Adán y Eva, conocemos –con dolor– los efectos de la elección hecha por ellos en aquél trágico día. Como seres inteligentes y morales, deberíamos hoy ser capaces de no sólo evaluar nuestros actos futuros, sino también de comprender los actos pasados, entender sus efectos, muchos de los cuales estamos sufriendo. Tal vez valga la pena preguntarse: ¿Será que la raza humana ya no se ha alejado demasiado como para entender la razón de nuestro sufrimiento? Con seguridad, no, pues de haber sido así, la puerta de la gracia ya se habría cerrado. Si Dios todavía permite la predicación del evangelio es porque en este mundo no todo está perdido.

Ser creado conforma a la imagen y semejanza del Creador significa que tenemos rasgos físicos muy parecidos a los del Creador y que tenemos un comportamiento intelectual como el de Él. Tenemos lo que el Creador tiene, pero nosotros estamos limitados, mientras que Él es ilimitado. Vamos a destacar algunos ejemplos, además de los rasgos físicos.

Somos capaces de planificar, para luego llevar a cabo.

Somos capaces de seguir principios de vida y de amor

Somos capaces de trabajar en base a lo que hemos planificado

Somos capaces de evaluar las consecuencias de nuestros actos

Somos capaces de reflexionar en toda clase de asuntos, y de llegar a conclusiones

Somos capaces de amar y de recibir amor, o sea, de establecer una relación constructiva

Somos capaces de aprender indefinidamente y de perfeccionar nuestras capacidades intelectuales

Si Dios es capaz de crear vida, nosotros somos capaces de engendrar vida.

Somos capaces de estudiar, y de entender, el funcionamiento de la naturaleza y de descubrir sus leyes.

A partir de esas capacidades dadas por Dios, los vegetales y los animales dependen del ser humano para existir. Como aquí ha entrado el pecado, esas capacidades que hemos mencionado, las cuales Dios nos dio, fueron degenerándose con el paso del tiempo. A pesar de que la ciencia se esté desarrollando, por otro lado, por la propia ciencia el ser humano está destruyendo el planeta. Esta es una destrucción física y moral. De la destrucción física vemos los efectos prácticamente cada día, alcanza con mirar el clima. En cuanto a la destrucción moral, observamos a la sociedad sufriendo a causa de la violencia, la inmoralidad, las drogas, el delito, el terrorismo, las guerras, la corrupción, etc. Vemos la destrucción de la familia por la intervención de costumbres extrañas a las motivaciones de la creación. El ser humano se está volviendo cada vez más contrario al matrimonio entre un hombre y una mujer, y hasta los animales vienen haciendo lo mismo. De manera muy poderosa, toda la naturaleza depende de la conducta de los humanos, así como éstos dependen del comportamiento de Dios. El Señor continúa siendo el mismo, pero en la humanidad –rebelada– sólo unos pocos permiten ser transformados, el resto se ha desligado de la fuente de vida y de la moralidad, y los resultados se ven en cualquier lugar. Ni la naturaleza ya soporta la acción irresponsable de los seres humanos. Nosotros, los que deseamos ser salvados, debemos ser conscientes de la necesidad de la transformación, otra vez a la imagen y semejanza del Creador.

¿Qué significado tiene la manera en que Dios actuó para crear a la primera mujer? Dios dijo que era “idónea” para el hombre, esto quiere decir, al mismo nivel intelectual. Por lo tanto, ni ella, ni él dominarían, sino que siempre estarían de acuerdo y en armonía, o sea que la idoneidad les otorgaría condiciones de amarse mutuamente. Por esa razón es que Dios modeló el cuerpo de Adán y extrajo de él una parte de ese cuerpo y de su vida para hacer a la mujer. Ella fue parte de su vida, carne de su carne.

Nosotros, como siervos de Dios que realmente anhelamos la Tierra Nueva, donde reina el amor, debemos aquí formar un carácter semejante al de Jesús. “El verdadero buscador, que lucha para ser semejante a Jesús en palabra, vida y carácter, contemplará a su Redentor y, al observarlo, será transformado a su imagen, porque anhela tener la misma disposición y mente que estuvo en Cristo Jesús, y ora por ellas” (Testimonios para los ministros, p. 118).

Fuimos creados con conciencia de los efectos de nuestros pensamientos y actos, por lo que debemos responder por ellos. Pero debido a la educación moderna, que en realidad deseduca, vemos una juventud que sólo busca seguir sus deseos y antojos y no le interesa si con ello perjudica a otras personas. Con pocas excepciones los jóvenes actuales quieren acelerar sus autos a altas velocidades, haciendo mucho ruido, incluso drogados o embriagados. Y eso a nadie le importa demasiado. Desean equipar sus autos con sonido poderoso y así esparcir su música a mil metros de distancia, perjudicándose ellos mismos en su sistema auditivo. Y no les interesa si con ello afectan un hospital, escuela o iglesia, al pasar frente a ellos.

¿Sólo los jóvenes? No. Los adultos también. Hay quienes desean enriquecerse a toda costa, ya sea evadiendo impuestos, mintiendo, haciendo alianzas estratégicas siempre con intereses de obtener ganancias de cualquier manera. ¡Y cómo pelean con sus cónyuges! ¡Y cómo maltratan a sus hijos! Destruyen la naturaleza y se quejan de los efectos en el clima. Y cuando algo malo les sucede (siempre es así), culpan a Dios. Aprendieron esto de Adán y Eva: alguien más debe tener la culpa. Finalmente, culpan a Dios. ¿Cómo puede tenerse una buena sociedad para vivir si las personas actúan así?

En el Reino de Dios no hay lugar para la impunidad. Quien no se arrepienta pagará completamente por lo que ha hecho. Y para quien se arrepienta, Jesús ya hizo ese pago. Aun así, alguien tiene que hacerse cargo de las consecuencias de los malos actos. Nada queda sin que alguien sea responsable o, como dice la Biblia, expiado. Sin ese requisito no hay sociedad en el universo que funcione sin degradarse.

La Biblia es coherente con sus relatos a lo largo del tiempo. La ciencia en muchas ocasiones acierta, pero también se equivoca estrepitosamente. Debemos tener cuidado con lo que creemos.

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