Gracias y algo más

Lectura Bíblica: Salmo 127: 3-5

INTRODUCCIÓN. Leer 1 Samuel 1: 17, 18, 24-28

Uno de los privilegios placenteros que a los padres nos toca disfrutar, es la realización de ceremonias nupciales. Los amigos, familiares e invitados en general se dan cita para acompañar a los novios, admirar detalles de la organización del evento y mostrar solidaridad en ese momento importante.

Y ahora, allí estaba yo, parado junto al grupo de invitados, en medio de un precioso jardín, cuyo parque había sido cerrado, para que fuese exclusivo en ese evento, en esa hora. Después de la entrada de los padres de la novia, se tocó una música especial que marcaba la entrada del novio; un muchacho alto, simpático, con un paso confiado y mirando a todos los testigos presentes. Vino hasta el frente y se paró a mi lado. Luego se escuchó la música característica del momento, los presentes voltearon hacia atrás y se comenzaron a poner de pie. La novia, acompañada de su padre y haciendo gala de su belleza, brindaba sonrisas a todos los presentes, mientras avanzaba por el pasillo central hasta estar en frente de su prometido. La ceremonia y la recepción, pasaron rápidamente, y los invitados y familiares comenzaron a despedirse, confiados en el nacimiento de otro hogar feliz… Pero me apena decirles que no en todos los casos se cumplen las expectativas.

El traje de novia, el número de invitados a la ceremonia, lo largo del viaje de boda, no garantiza la felicidad del hogar. Estos factores tienen su lugar, pero hay otros elementos de mayor trascendencia en la felicidad de una familia.

“El vínculo de la familia es el más estrecho, el más tierno y sagrado de la tierra. Estaba destinado a ser una bendición para la humanidad. Y lo es, siempre que el pacto matrimonial sea sellado con inteligencia, en el temor de Dios, y con la debida consideración de sus responsabilidades”. (HA. pág. 14)

El nacimiento y la marcha de un hogar, de un matrimonio feliz, requiere la asistencia divina en todo momento. El lugar donde van a vivir los recién casados, la seguridad financiera del hogar, la llegada de los hijos, y a veces la ausencia de ellos, todo eso representa un desafío que se debe afrontar en forma unida e inteligente.

  1. FALTA UN HIJO

El hogar de Ana y Elcana, estaba llamado a ser un modelo. Elcana era un levita del Monte de Efraín, era hombre rico y de mucha influencia, que amaba y temía al Señor. Observaba fielmente las ordenanzas de Dios y apoyaba el servicio del santuario en Silo. Daba generosas ofrendas para Dios en el santuario. ¡Era un caballero admirable!

Ana, era una mujer de piedad fervorosa, de carácter amable y modesto; se distinguía por una seriedad profunda y una fe muy grande. ¿Cualquier matrimonio de nuestros días, quisiera contar con estas características, no es cierto? Pero notemos: “A esta pareja se le había negado la bendición tan vehementemente deseada por todo hebreo. Su hogar no conocía la alegría de las voces infantiles.” (PP. 615) Dice el libro Hogar Adventista en la página 141, lo siguiente: “Una casa sin hijos, es un lugar desolado. El corazón de quienes la habitan corre el peligro de volverse egoísta, de amar su propia comodidad y de consultar sus propios deseos y conveniencias. Procura simpatía para sí, pero tienen poca que conceder a otros”. Desde la promesa dada a nuestros primeros padres en el Edén, que, de la simiente humana, nacería el redentor del mundo, toda mujer hebrea abrigaba en su corazón el privilegio de llegar a ser la madre del hijo de Dios.

La situación se hizo más crítica, cuando Elcana, con el deseo de perpetuar su nombre contrajo un segundo matrimonio. Esta situación, inspirada por la falta de fe y por el ánimo de copiar lo que muchos otros habían hecho, trajo amargas experiencias al seno del hogar.

Esta decisión trajo hijos e hijas a la casa; pero se había mancillado el gozo y la belleza de la institución sagrada de Dios, y se había quebrantado la paz de la familia. Todavía más, Penina, la nueva esposa, era celosa e intolerante, y se conducía con mucho orgullo e insolencia. ¡Pobre Ana! Además de no tener el privilegio de arrullar un hijo en sus brazos, tenía que ejercer paciencia con el carácter de su rival y los hijos de ella.

Siempre que nos olvidemos del compromiso sagrado del matrimonio, donde Dios une a un hombre y a una mujer; y permitimos la intromisión de otra persona, por cualquier motivo que sea, el resultado siempre es el mismo: dolor, sufrimiento, lágrimas y decepción. ¡Cuántos hogares hoy viven bajo la sombra de la niebla que por años invade la atmósfera del hogar!

Ana, tuvo que soportar por años, esta situación, hasta que una vez, estando en Silo, en el templo, se postró delante de Dios. (Vers. 10, 11) “Oró a Jehová y lloró abundantemente”. Le pidió a Dios que viera su aflicción y le diera un hijo; ella a cambio se lo dedicaría a su servicio.

En ese tiempo, evidentemente no había los medios que hoy tenemos a nuestro alcance. Muchas parejas, a través de la ciencia médica, tienen la ayuda para disfrutar el privilegio de la paternidad. Pero será que hoy día, entonces, ¿ya no hay necesidad de orar? ¿De pedir la ayuda divina?

Conocí a una pareja joven, de buena posición socio-económica, que pasaron muchos años después de su boda, y no había hijos. Buscaron por todos los medios posibles, y finalmente decidieron adoptar un niño. El hogar se transformó; la tierna vida agregó otra dinámica de felicidad a esos padres ansiosos. No pasaron muchos años cuando Dios les dio un niño, y después una niña…

  1. LLEGA UN HIJO

Esa, la última vez que Ana estuvo en el templo; cuando su corazón explotó de pena, y ella canalizó su pesar en oración, el sacerdote Elí la despidió con esta bendición: (v. 17) “… Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”. Así, Ana sollozando, se levantó de sus rodillas para volver a su casa, mientras en su mente repercutía las palabras: “Y el Dios de Israel te otorgue la petición”. Ahora confiada en que había depositado su carga en las manos de Dios, (v. 18) “Se fue por su camino, y comió, y no estuvo más triste”.

¡Qué experiencia tan significativa! No sólo para los esposos que tienen las mismas preocupaciones que Ana, sino para todos. Mientras seguimos nuestro camino, depositemos nuestras cuitas en el Señor, y la tristeza se apartará de nosotros. Por eso la vida de oración del cristiano constituye una experiencia, cada vez más profunda y más significativa.

Según el verso 20, llegado el momento, Dios dio respuesta a la petición de Ana, mediante un niño varón, a quien puso el nombre de “Samuel”; que significa “demandado de Dios”. ¡Te imaginas el gozo y la alegría que significó para ese hogar la llegada de Samuel! Todo cambió. Ánimo, expectativas, proyectos, planes, desafíos. Había una nueva motivación para vivir.

Y Ana le puso el nombre de Samuel. Eso quiere decir que no había olvidado su promesa a Dios, entregar ese niño a su servicio. El nombre le recordaría ese compromiso, pues pudiera ser que al paso del tiempo esa madre olvidara su compromiso. Al crecer el niño; e invertir su tiempo, su creatividad, su energía, como madre, podría decir: No, es mucho lo que me ha costado, ¿cómo deshacerme de esta carita sonriente? ¿Dónde irá a estar? ¡Nadie lo va a cuidar como su madre! Además, -podría haber dicho -, bastante tiempo lo esperé, ¿para ahora deshacerme de él?

Ella sabía que los hijos son herencia de Jehová (Salmos 127: 3), pero especialmente ese niño, cuya llegada tardía al hogar, representaba la incapacidad humana, en contraste con el poder de Dios. Además, ella misma se lo había prometido a Dios. Ese hecho hizo que Ana desde el principio, formulara planes para cumplir su promesa (Véase el v. 22) Dada la misión de ese niño, Ana sabía que el tiempo que estaría a su cargo sería corto, por eso habría de aprovecharlo.

El humilde conjunto de deberes que las mujeres han llegado a considerar como una tarea tediosa, debiera ser mirado como una obra noble y grandiosa. La madre tiene el privilegio de beneficiar al mundo por su influencia, y al hacerlo impartirá gozo a su propio corazón. A través de las luces y sombras, puede trazar sendas rectas para los pies de sus hijos, que los llevarán a las gloriosas alturas celestiales. Pero sólo cuando ella procura seguir en su propia vida el camino de las enseñanzas de Cristo, puede la madre tener esperanza de formar el carácter de sus niños de acuerdo con el modelo divino”. (PP. pág. 618)

Qué tremenda responsabilidad entraña la paternidad. ¡Oremos por los padres, pero especialmente por las mamás!

Pero ahora Ana, enfrenta un serio desafío. Se dispone a cumplir su promesa, ¿podrá? ¿Se animará? Ha disfrutado durante estos años, plenamente la infancia de su hijo. Hizo con él, lo mejor que cualquier madre podría hacer, pero…

III. SE VA UN HIJO

Leer 1 Samuel 1:26-28. Desde unos días antes, Ana, comenzó a empacar las pertenencias del pequeño Samuel y también las que ella y su esposo llevarían al viaje. Había llegado el momento de volver al templo en Silo, y todo estaba listo. El viaje se hizo con cierto grado de normalidad, a pesar de que, en el corazón de Ana, los sentimientos se encontraban para impulsar a esa madre piadosa a actuar en una dirección y luego en otra. Sentía que su corazón se convertía en un escenario de guerra. ¿Qué hacer? Se decía: No será que cuando hice la promesa, estaba muy emocionada, y ¿realmente no supe lo que dije en la oración? Si el niño se queda en casa, yo lo voy a educar lo mejor posible. ¿Pero cómo? ¡No puede ser! ¿Deshacerme de mi hijo?

Pero al mismo tiempo estaba tan contenta y agradecida con Dios que no podía olvidar aquella oración: pedido y promesa. “Si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva… yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida…” (v. 11)

Finalmente llega al templo… Elí la ve, y como que quiere recordar algo, al ver ese rostro. Ella se adelanta y le dice: “Yo soy aquella mujer que estuve aquí… por este niño oraba… yo, pues, lo dedico también a Jehová…”

“Elí se sintió profundamente impresionado por la fe y devoción de esta mujer de Israel. Siendo él mismo un padre excesivamente indulgente, se quedó asombrado y humillado cuando vio el gran sacrificio de la madre al separarse de su único hijo para dedicarlo al servicio de Dios”. (PP. pág. 616)

Realmente la actuación de Ana, constituye un tremendo desafío para quienes somos padres, y para toda la iglesia.

Prometer a Dios la entrega de un hijo que iba a nacer, cumplir oportunamente la promesa y, ¡hacerlo con un canto de adoración y gratitud en sus labios!

Una promesa. Ana hizo a Dios la promesa de dar a su hijo para el servicio del templo, en una situación muy crítica. Lo hizo como lo hacen muchas personas. Consideran ganar el favor de Dios ofreciendo algo a cambio, o tratando de inclinar la balanza divina a su favor. Pero con mucha frecuencia, cuando el momento crítico pasa, para muchos disminuye el compromiso hecho y dejan de cumplir su parte. Pero Ana confiaba en el Señor y nunca olvidó su promesa. Cuando nació el pequeño Samuel lo comenzó a educar pensando en el día, en que debía cumplir lo que a Dios le había prometido.

Eclesiastés 5:4 “… cumple lo que prometes”. “Desde que el niño diera sus primeras muestras de inteligencia, la madre le había enseñado a amar y reverenciar a Dios, y considerarse a sí mismo como del Señor”. (PP. 617)

Un canto de gratitud. La nostalgia que experimentaba Ana, de separarse de su hijo a temprana edad, era rebasada por el torrente de gratitud que se manifiesta en la plegaria cantada que el Espíritu divino le inspiró al decir: (1 Samuel 2: 1-10) “Mi corazón se regocija en Jehová; Mi poder se exalta en Jehová; Mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salvación”.

Porqué será que, en un momento tan significativo y crítico para una madre, ¿Ana actuó de esta manera? Evidentemente ella, no era el centro de su propia vida, sino Dios. Creía en las promesas divinas y confiaba en la providencia de Dios. Notemos:

“El corazón de la madre rebozaba de gozo y alabanza, y anhelaba expresar toda su gratitud hacia Dios”. “Era su único hijo, el don especial del cielo, pero lo había recibido como un tesoro consagrado a Dios, y no quería privar al Dador de lo que le pertenecía”. (PP. 616)

CONCLUSIÓN.

Esta noche al terminar nuestro culto, ¿por qué no agradecer a Dios por nuestra familia? ¿Especialmente por nuestros hijos? Es posible que venga en forma espontánea a nuestra memoria, en primer lugar, las travesuras que hicieron, los dolores de cabeza que han producido, pero, ¿por qué no recordar las sonrisas que nos dieron? ¿Las satisfacciones que nos han otorgado, y el privilegio de la paternidad en general? ¿Qué les parece si oramos hoy por nuestros hijos? Por los jóvenes de la iglesia, y ¿los dedicamos de nuevo al Señor?

Unión Mexicana del Norte.

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