INTRODUCCIÓN.

Leer Lucas 17: 11-19, Él era un extranjero. Su mirada, como la de todo hombre en tierra extraña, siempre pedía permiso o quizá disculpas. Sus ojos expresaban esa deuda que uno tiene con su propia alma cuando se está en tierra desconocida. Pero aquel hombre, además de ser extranjero, llevaba en su piel las marcas de la muerte, que atraían las miradas de quienes lo veían no solo como un inmigrante sino también como un riesgo para sus vidas. Había llegado a Jerusalén desde Samaria con mercadería para vender.

Una mañana se despertó con unas granulaciones en el rostro y el torso, que pronto se extendieron por todo su cuerpo y se convirtieron en úlceras sangrantes. En esas condiciones ya no podía volver a su tierra. Como indicaba el capítulo 13 de Levítico, fue al sacerdote para que lo ayudara. Este le impuso su túnica distintiva, le dio una campanita, y lo envió a unas grutas donde habitaban los leprosos lejos de las poblaciones.

A partir de ese momento, la vida del samaritano cambió rotundamente; lejos de su familia, todo se detuvo en los arrabales de la soledad, hasta que un día vio con sus compañeros de desgracia a Jesús, que venía con sus discípulos por el camino. Todos salieron desesperados de sus escondites, gritando: “¡Maestro, ten misericordia de nosotros!”, y Jesús los sanó (Lucas 17: 13, 14)

Era el milagro soñado. Un intenso agradecimiento llenó el alma de este leproso inmigrante, un hombre sin derechos; por eso captó en aquel milagro toda la gracia de Dios, de un modo que no pudieron percibir los propios leprosos judíos.

  1. LOS MARGINADOS TAMBIÉN CUENTAN

Desde la antigüedad el ser humano ha estado en constante tránsito. Algunas personas se desplazan en busca de trabajo o de nuevas oportunidades económicas, para reunirse con familiares o para estudiar. Otras se van para escapar de conflictos, persecuciones, del terrorismo o de violaciones o abusos de los derechos humanos. Algunas lo hacen debido a efectos adversos del cambio climático, desastres naturales u otros factores ambientales.

En 2019 el número de migrantes en el mundo, alcanzó la no menospreciable cifra de 272 millones de personas; un 3.5 % de la población mundial. De los cuales más de 36 millones son niños. Aquí en México contamos con más de 2,000 Kms. de frontera con el vecino país del norte, a lo largo de la cual podemos ver un sin número de casos que producen historias alarmantes de lo que implica este fenómeno de migración.

Cuando era pequeño, mi padre solía viajar por temporadas a los E. U. para trabajar y luego traer recursos a la familia. Yo recuerdo que papá contaba a algunos vecinos y parientes lo que implicaba irse “de alambre”. (Es decir, pasarse la cerca de México a E. U., que en ese tiempo en algunos tramos no existía). Una vez dentro de ese país, necesitaba saber cómo y a dónde viajar, por supuesto a donde hubiese trabajo. Dónde comer, cómo comunicarse sin conocer el idioma. A veces, -contaba él- tenía que viajar por horas, durante la noche, con una mochila al hombro, que contenía sus pertenencias.

Hoy constantemente los medios de comunicación nos dan a conocer la realidad de miles y miles de personas que diariamente cruzan las fronteras por medios de alto riesgo, para llegar a un destino donde no tienen derecho a vivir.

A veces los gobiernos abren oportunidades a una caravana de refugiados que, por tiempo indeterminado, en lugares que parece un campamento provisional, con carencias de todas clases.

Pero no necesitamos ir hasta los extremos de nuestro país. En todos los pueblos y ciudades hay niños, jóvenes y adultos que no solamente no tienen un lugar cómodo para dormir, sino que ni siquiera saben dónde hacerlo.

Un día estaba de viaje en una de las ciudades del interior de nuestro país (México), me había hospedado en un hotel que estaba en un lugar céntrico. Temprano por la mañana me levanté a caminar. Cuando venía de regreso encontré a un niño, quizá de unos 7 u 8 años de edad, que estaba revisando un bote de basura, al entablar conversación con él, le pregunté qué estaba haciendo; su respuesta, quebrantó mi corazón. “Estoy buscando desayuno”, -me dijo-. Al llegar al hotel lo hice por otra calle, y me quedé pasmado a ver que varios niños de la misma edad dormían sobre un periódico, en la banqueta, justo donde salía el aire caliente de todas las instalaciones del hotel.

¿Qué sentiría Jesús al visitar nuestras ciudades en la actualidad, donde miles de niños sin hogar, jóvenes esclavizados por las drogas y adultos enfermos y vestidos de harapos mendigan por las calles? ¿Qué experimenta el corazón de Jesús ante esa realidad?

Notemos la situación que registra la Biblia en Bethesda “… el cual tenía cinco portales. En esta yacía multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, que estaban esperando el movimiento del agua… Centenares de enfermos visitaban el lugar; pero eran tan grande la muchedumbre cuando el agua se agitaba, que se precipitaban y pisoteaban a los más débiles… Jesús vio a los pobres dolientes esperando lo que suponían ser su única oportunidad de sanar. Anhelaba ejercer su poder curativo y devolver la salud a todos los que sufrían… “. (DTG. 171)

Sí, para Jesús, ellos también cuentan. Él nos ama a todos. Busca el bienestar de todos y ha hecho provisión de salvación también para ellos. Los migrantes, los desheredados, los vagabundos, los enfermos, las viudas, los huérfanos.

  1. JESÚS SE PARA, OYE Y ACTÚA

Así como lo hizo aquel sábado de mañana en Bethesda, Jesús todavía se para, oye y actúa en favor de aquellos que gimen, que piden, que padecen, que buscan.

Jesús escucha la oración de aquella madre que ora por la salud d su niño, mientras consigue lo necesario para ir a la farmacia. El Señor Jesús escucha la plegaria de aquella madre que implora por el hijo que está en la cárcel. Comprende el esfuerzo y la dedicación de aquel padre que lucha para sacar a flote a su familia. Escucha el gemido de aquel enfermo en el hospital, que ha sido olvidado por su familia. Escucha todas las voces, identifica todas las necesidades, está al tanto del palpitar de todos los corazones. Por eso el Señor está a la expectativa de nuestro proceder como iglesia. Somos nosotros, ahora, aquí, sus representantes; somos nosotros ahora los encargados de actuar en favor de todas esas voces en nombre de Jesús. ¿Estamos viendo a los necesitados? ¿Estamos demostrando simpatía con los desafíos que ellos presentan?

Volviendo a nuestro relato (registrado en Lucas 17: 11- 19), los versos 12-14, nos dicen: (leer)

Un grupo de diez leprosos. ¿Cuántos serían originalmente? ¿Cuántos ya habrían muerto? No lo sabemos, pero evidentemente éstos supieron que Jesús pasaría por ese lugar, y antes de que entrase en la próxima aldea, que estaba en la despensa de Perea, al este del Jordán, le salieron al camino y desde lejos le gritaron: ¡Jesús Maestro, ten misericordia de nosotros! Se pararon lejos, respetando los reglamentos establecidos para los que habían sido contagiados de lepra. Dice el verso 13, alzaron la voz. Esto implica que ellos consideraban ésta, como su mejor oportunidad. No querían dejarla pasar. Querían estar seguros de ser oídos por el Maestro. Y para su sorpresa el Señor se paró, les escuchó, los vio y le dio una indicación a tono con su petición: “Id, mostraos a los sacerdotes”.

Jesús podría haber realizado el milagro de otra manera, podría haber hecho todo el proceso de una vez; tenía más autoridad que los sacerdotes, pero fue respetuoso y dio una indicación que estaba acorde con la legislación establecida. Eran los sacerdotes los encargados de verificar la salud de estos enfermos.

¡Ahora, pensemos! Evidentemente los leprosos creyeron, aceptaron las palabras de Jesús y se dispusieron a obedecer. Quiero pensar que salieron corriendo, unos más veloces que otros… quizá jadeantes se decían: ¿Cuánto nos falta para llegar? Otro quizá comentó: “¿No será que debemos esperar hasta quedar sanos, antes de ir al sacerdote? Pero ellos siguieron.

Quizá al seguir la curva del camino, frente a la gran piedra de al lado, pasando por la sombra de un frondoso árbol, uno de ellos exclamó: “Estoy limpio”, ¡estoy sanado! Los otros al detenerse para verle, notaron que su caso era el mismo; habían sido sanados mientras obedecían la indicación de Jesús, de ir a la autoridad, al sacerdote.

“La curación dependía de que actuaran con fe. No fueron sanados mientras permanecieron en la presencia de Jesús, sino cuando procedieron a cumplir las instrucciones del Maestro. Cuando se apartaron de Jesús, aún eran leprosos. Si hubieran aguardado una evidencia visible de que habían sido sanados, antes de partir para Jerusalén, donde serían declarados limpios, es evidente que la curación, nunca habría ocurrido. Era necesario que actuaran por fe, como si ya hubieran sido sanados, antes de que la curación se efectuara”. (CBA. tomo 5, pág. 818)

Los leprosos debían obedecer, Jesús produciría la curación, el saneamiento. ¡Qué enseñanza para nosotros hoy!

III. JESÚS SE VUELVE A PARAR

Ahora Jesús, mientras continúa su camino acompañado de sus discípulos, piensa en el incidente y se deleita en ver que todos acudieron a ejecutar su indicación. Mira hacia adelante y solo alcanza a ver una pequeña nube de polvo que dejaron atrás los pies presurosos de los leprosos. Quiero pensar que Jesús, mientras intercambiaba impresiones con sus discípulos y avanzaba, veía de vez en cuando hacia adelante. Quizá como el padre del hijo pródigo, tenía cierta expectativa de lo que podría acontecer. Y sí, minutos después, ve que una persona viene en dirección opuesta a él. ¡Es uno de los leprosos!… no, no va a su casa; viene precisamente a encontrarse con Jesús. Se para presuroso, sus ojos desorbitados y su sonrisa a flor de labios, habla de la experiencia que está viviendo. Experimenta una profunda gratitud y viene con Jesús a expresarle su sentir.

Quizá los otros, cuando se vieron sanados, decidieron apresurar el paso para ser oficialmente declarados “limpios”. Pero éste, que no era un israelita, sino un extranjero, samaritano; piensa y actúa distinto. También quiere ser oficialmente declarado “limpio”, quiere ir a su casa, con su familia; pero primero quiere ofrendar su gratitud a su benefactor.

(vs. 13, 15) Así como él y sus compañeros habían alzado la voz, para pedir, ahora él vuelve “glorificando a Dios a gran voz”.

“Los otros siguieron su camino, olvidándose de Aquel que les había sanado. ¡Cuántos hay que hacen todavía lo mismo! El Señor obra de continuo para beneficiar a la humanidad. Está siempre impartiendo sus bondades. Levanta a los enfermos de las camas donde languidecen, libra a los hombres de peligros que ellos no ven, envía a los ángeles celestiales para salvarlos de la calamidad, para protegerlos de la ´pestilencia que ande en oscuridad…´ pero sus corazones no quedan impresionados. Él dio toda la riqueza del cielo para redimirnos; y sin embargo no piensan en su gran amor”. (DTG. 313)

Jesús recibe la gratitud de este pobre leproso recuperado, y hace notar dos cosas:

Jesús se quedó esperando la gratitud de los otros 9. Preguntó por ellos, ¿Dónde están? (v. 18) “No hubo quién volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? El leproso era un inmigrante, un hombre sin derechos; por eso captó en aquel milagro toda la gracia de Dios, de un modo que no pudieron percibir los propios leprosos judíos. Además de sanado, el samaritano se sintió aceptado por Dios.

“Dios nos permite manifestar nuestro aprecio de sus mercedes por medio de esfuerzos abnegados realizados para compartir los mismos, con otras personas. Esta es la única manera posible como podemos manifestar nuestra gratitud y nuestro amor a Dios, porque él no ha provisto ninguna otra”. (CSMC. pág. 21)

CONCLUSIÓN

Mis hermanos, como lo hizo con los diez leprosos, Jesús todavía se para, para atender nuestras necesidades, escucha nuestras peticiones y actúa, dándonos aquello que es mejor para nuestra vida.

¿No quieres tú también detenerte hoy para manifestar tu agradecimiento? ¿No quieres que él escuche tus palabras de gratitud por lo que has recibido? ¿No quieres actuar en favor de otros, como él ha actuado contigo? ¿Tienes hoy, algo que decirle a tu benefactor?

Más allá de tu nacionalidad, condición social o color de piel, eres un hijo de Dios, príncipe heredero del reino de Cristo, depositario de la gracia divina que rodea la tierra y ennoblece tu corazón.

Permite que esos dulces sentimientos de gratitud, tonifiquen tu vida.

Unión Mexicana del Norte

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