La iglesia y sus bendiciones

La iglesia y sus bendiciones

“Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Prefiero estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” Salmo 84:10.

Después de un período de ardua labor, los discípulos volvieron a la compañía de Jesús. Habían completado una agitada jornada misionera y ahora, extenuados, comparecieron ante la presencia del Salvador. El compasivo Nazareno, contemplando a aquellos vacilantes galileos, casi vencidos por la fatiga, les dice: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco”.

Una batería de automóvil tiene un límite de resistencia. Cuando la carga que se le aplica sobrepasa ese límite, las cámaras interiores se desintegran. Del mismo modo, la mente y el cuerpo humanos tienen un límite de resistencia. Si los sobrecargamos en demasía, provocamos el rompimiento del equilibrio nervioso.

Debemos cultivar el arte del descanso, para reabastecer las energías gastadas y restaurar el vigor debilitado en las luchas por la supervivencia.

Una noche de tranquilo y reconfortante descanso constituye una necesidad imperativa. Pero algunos de nosotros, después del reposo de la noche, despertamos por la mañana cansados, abatidos e indispuestos. Esto naturalmente ocurre cuando, durante un día de intensa y extenuante actividad, vamos a la cama con los nervios tensos y la mente preocupada con los múltiples problemas. Y es evidente que, cuando el espíritu no reposa, el cuerpo no disfruta en su plenitud los beneficios del sueño.

Necesitamos, por lo tanto, después de las actividades del día, frenar la imaginación y liberar la mente de todas las ansiedades, los cuidados y las aflicciones que impiden el completo relajamiento de los músculos y la tranquilidad del espíritu.

Existe otro descanso que nuestro organismo también reclama: el reposo semanal. Para satisfacer esta necesidad, Dios instituyó el sábado. Observándolo nos libramos de las presiones, tensiones y frustraciones que nos desgastan, y disfrutamos una dulce paz al intuir la presencia de Dios en nuestra vida. La seguridad de la presencia de Cristo que serenó la tempestad en el Mar de Galilea (Mateo 8:23-27), especialmente en el día que él santificó, produce paz y tranquilidad en nuestro espíritu atribulado.

Cuando ponemos a un lado nuestros trabajos y nuestras ansiedades para encontrarnos en la quietud de nuestro espíritu con el Dios invisible, le estamos ofreciendo el culto indiviso de nuestro corazón.

Hace tiempo la Revista Adventista en inglés recibió de Fabián A. Marks, un ex adventista, la siguiente carta:

“Soy uno de esos adventistas del séptimo día que se apartó de la iglesia. Estoy agradecido a quien quiera que sea que me suscribió para recibir la Adventist Review. En respuesta a diversos artículos que leí recientemente, dejo aquí mi sincero consejo:

‘¡Ya que usted está en la iglesia, confuso o no, permanezca en ella! Créame, fuera de ella es peor. Busque tanta ayuda como sea posible para aclarar los problemas que lo perturban. Ahora me encuentro más confuso que antes, y temo por mi vida.

¡Aprenda a disfrutar del sábado! Empléelo para ayudar a otros, especialmente si usted está tan inquieto como yo

Nunca se diga a sí mismo que va a salir por un tiempo. Cuando se toma una decisión equivocada, es mucho más difícil, casi imposible, volver atrás. Usted se vuelve posesivo y egoísta; y sus ideales se orientan hacia el dinero, los placeres y la popularidad. Satanás se ocupará de nutrir su debilidad inherente’”.

El barco Wieland, en uno de sus viajes, llevaba enjaulados un gran número de pájaros. Cuando estaban en alta mar, uno de los pájaros huyó. Levantó vuelo, se distanció y desapareció en el horizonte. Disfrutando de la libertad en plenitud, la pequeña ave hendía los aires batiendo alegremente las alas. Pero, pasadas algunas horas, apareció de nuevo, esforzándose por alcanzar el navío. Finalmente, extenuado, y no encontrando lugar para posar, arqueándose, se posó en la cubierta de la embarcación. Había volado lejos, pero, después, con gran ansiedad buscaba de nuevo el navío, que ya no consideraba una prisión sino un querido hogar.

La experiencia de este pájaro ilustra el drama de los que huyen de la “prisión” de la iglesia y se alejan de Dios. Cansados con las restricciones que la religión impone, fascinados por la “libertad” que el mundo ofrece, abandonan la “embarcación de Sión”. Sin embargo, los que no se pierden en la amplitud del mal, con el corazón arqueado y afligido regresan al “navío”, a la compañía de Dios. Descubren que la iglesia les proporciona la más perfecta libertad para la práctica de todo lo que es bueno y seguro. Por esa razón David sentenciaba: “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos”.

¿Para qué vas a la iglesia? ¿Alguna vez te pusiste a pensar en este asunto? ¿Vas a la iglesia para encontrarte con tus amigos? ¿Vas a la iglesia porque te gusta escuchar una buena predicación, porque te gusta cantar, porque te gusta servir, porque te gusta adorar?

El Salmo 84:3, 4 dice algo muy interesante: “Aún el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde poner sus pollos, cerca de tus altares, Señor Todopoderoso, Rey mío y Dios mío. ¡Dichosos los que habitan en tu casa! ¡Siempre te alabarán!”

Sin duda llama la atención, y quiero que te detengas a pensar en este asunto, porque dice en este pasaje: “El gorrión y la golondrina tienen el coraje de poner polluelos o de poner sus huevos y tener sus polluelos cerca del altar de Dios”. Y el salmista entonces dice: “¡Dichosos los que habitan en tu casa! ¡Siempre te alabarán!”

Detente a pensar, ¿cómo puede ser que un pajarito, como un gorrión o una golondrina tengan el deseo de poner sus huevos cerca del altar y a veces hay cristianos que no tienen ganas de ir a la iglesia? No tienen deseos de ir a tener un encuentro personal y particular con Dios. De hecho, hay cristianos que van a la iglesia solo una vez por semana solo para escuchar un sermón, y salen criticando. Hay cristianos que van a la iglesia, pero aun estando en la iglesia esos cristianos no hacen nada para otros ni para sí mismos; viven un cristianismo seco, un cristianismo hueco, y llega un momento en el cual, sin hacer nada por otros, sin dedicar sus dones y sus talentos para el servicio de la casa de Dios comienzan a secarse espiritualmente y dejan de ir a la iglesia. ¡Cuánto tenemos que aprender de los gorriones y las golondrinas!

Necesitamos aprender a anidar en la casa del Señor. Necesitamos aprender a estar cerca del Señor en su propia casa, en su Templo. Si hay bendición al ir a la iglesia. Es por esa razón que no debemos dejar de ir a la iglesia ni por un sábado, ni por un martes, un miércoles, un viernes, un domingo. Tenemos que ir a la iglesia, porque la iglesia es el lugar donde tenemos un encuentro de comunión con el Señor, un encuentro corporativo y al mismo tiempo individual.

Si no estás sintiendo deseos de ir a la iglesia, si no estás sintiendo deseos de ir a adorar a Dios, si no estás sintiendo deseos de ir a la casa de tu Papá, tienes que replantearte realmente si quieres estar cerca de Papá, o si tu cristianismo es un cristianismo solo de nombre. Porque si tu cristianismo es un cristianismo de fachada, de careta, es hora de que hagas algo con tu cristianismo, y comiences a vivir un cristianismo de relación. Ese cristianismo de relación con Dios es el que te motiva y te lleva para ir a la iglesia y tener un encuentro persona y particular con Dios, y es el cristianismo que te hace salir de la iglesia motivado para servir a otros, amar a otros, y darles a otros lo que están precisando.

Piensa en este asunto: “Y él les dijo: ‘Venid aparte, a un lugar tranquilo, y descansad un poco’ Porque eran muchos los que iban y venían, que ni para comer tenían tiempo” (Marcos 6:31).

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