Misericordia inmerecida

Misericordia inmerecida.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” Mateo 5:7.

Hace unos años, Hildegard Goss-Mayr, del Movimiento Internacional de la Reconciliación, relató esta historia real: Durante los trágicos combates que tuvieron lugar en Líbano a lo largo de la década de los setenta del siglo pasado, un alumno de un seminario cristiano iba andando de un pueblo a otro cuando cayó en una emboscada tendida por un guerrillero druso. El guerrillero le ordenó que bajara por un sendero con el fin de fusilarlo.

Pero sucedió algo asombroso. El seminarista, que había recibido entrenamiento militar, sorprendió a su captor y lo desarmó. Las tornas se cambiaron y el druso recibió la orden de descender por el camino. Sin embargo, mientras avanzaban, el estudiante de Teología comenzó a reflexionar sobre lo que estaba sucediendo.

Recordando las palabras de Jesús: “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; poned la otra mejilla”, se dio cuenta de que no podía seguir adelante. Arrojó el arma entre los arbustos, le dijo al guerrillero druso que estaba libre y echó a andar colina arriba.

Unos minutos más tarde, mientras caminaba, oyó que alguien corría tras de él. “Aquí se acaba todo”, se dijo. Tal vez el druso había recuperado el arma y quería acabar con él. No obstante, siguió adelante, sin mirar atrás, hasta que el enemigo lo alcanzó, lo agarró, lo abrazó y, hecho un mar de lágrimas, le agradeció que le hubiera perdonado la vida. La misericordia se expresa con el perdón.

En cierta ocasión, una madre se acercó a Napoleón pidiéndole que perdonara a su hijo. El emperador respondió que el joven había cometido dos veces el mismo delito y que la justicia exigía su muerte.

–No pido justicia –replicó la madre–, sino misericordia.

–Tu hijo no merece que tengan misericordia de él –contestó Napoleón.

–Solo pido misericordia. –exclamó la mujer–. Si la mereciera, ya no sería misericordia”.

–Pues bien –dijo el emperador–, tendré misericordia de él.

Y perdonó al hijo de la mujer.

Dios no nos dio lo que merecíamos, sino que tuvo misericordia de nosotros. Al sentir la extraordinaria misericordia que Dios ha derramado sobre nosotros, no podremos hacer otra cosa que derramar misericordia sobre los demás. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?” (Mateo 7:11). Nosotros no somos merecedores de las buenas dádivas de Dios, mucho menos de su misericordia, y, sin embargo, él nos las extiende. Por tanto “sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). “Hombre, él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

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