Disciplina fulminante

Disciplina fulminante.

Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué Satanás ha llenado tu corazón hasta inducirte a mentir al Espíritu Santo, y a quedarte con parte del precio de la heredad?” Hechos 5:3.

En la historia de la iglesia cristiana primitiva encontramos el registro de un dramático caso de disciplina impuesta sobre dos de sus miembros.

Lucas nos habla del gozo que disfrutaban los nuevos creyentes cuando eran aceptados como miembros de la comunidad cristiana.

Se sentían como parte integrante de una gran “familia”. Este sentimiento los impulsaba a vender sus propiedades y depositar el producto a los pies de los apóstoles para suplir las necesidades de los hermanos necesitados: “Y perseveraban firmes en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan, y en la oración. El temor se apoderó de todos, a causa de los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. Y todos los creyentes estaban unidos, y tenían todas las cosas en común. Vendían sus posesiones y bienes, y los repartían a todos, según la necesidad de cada uno. Seguían reuniéndose cada día en el templo. Y en las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y disfrutando la simpatía de todo el pueblo. Y el Señor agregaba cada día a la iglesia a los que iban siendo salvos” (Hechos 2:42-47). “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un pensamiento. Y ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder. Y todos disfrutaban de abundante gracia. Ningún necesitado había entre ellos, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían y traían el precio de la venta. Lo ponían a los pies de los apóstoles, y era repartido a cada uno según su necesidad. Así José, un levita de Chipre, a quien los apóstoles llamaron Bernabé, que significa ‘hijo de consuelo’, vendió una heredad que tenía, trajo el precio, y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hechos 4:32-37).

Lucas destaca el contraste entre el espíritu desprendido de muchos creyentes y el comportamiento indigno de Ananías y Safira: “En cambio, un hombre llamado Ananías, con Safira su esposa, vendió una posesión…” (Hechos 5:1), que también vendieron propiedades. Tratando de engañar a la iglesia al decir que estaban dando el valor correspondiente a la venta de la propiedad, cuando de hecho estaban guardando una buena parte para sí, atrajeron sobre ellos los implacables juicios de Dios.

Dios no consideró el pecado de Ananías y Safira como algo sin importancia, y ciertamente él les tocó el corazón para que se arrepintieran. Pero ellos se sintieron cómodos con la mentira y fueron llevados por Satanás a pecar contra el Espíritu Santo. Aparentando generosidad, integridad y abnegación, se condujeron con usura para con Dios. En consecuencia, cayeron fulminados por la maldición divina.

¿Por qué murieron dos miembros cuyo pecado no parecía ser tan grave? Si Dios aplicara esa misma medida hoy, ¿cuántos cristianos serían también fulminados por la ira divina? Indudablemente, como dice el apóstol, “no os engañéis, nadie puede burlarse de Dios. Todo lo que el hombre siembre, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Ananías y Safira no estaban obligados a dar a la iglesia el valor total o ni siquiera el parcial de la propiedad vendida. El pecado que cometieron fue el de pretender que estaban dando todo, cuando en realidad retenían una parte para beneficio propio.

“Cuando hagas a Dios promesa, no tardes en pagarla, porque no se agrada de los insensatos. Paga lo que prometas. Mejor es no prometer, que prometer y no cumplir. No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas ante el ángel que fue un error. ¿Por qué enojarás a Dios con tu voz, para que destruya la obra de tus manos?” (Eclesiastés 5:4-6).

Dios espera que cumplamos las promesas. El voto es un compromiso con Dios, y, ciertamente, él nos ayudará a cumplirlo.

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