Trasplante cardíaco

Trasplante cardíaco.

“Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” Ezequiel 36:26.

Cuando en 1967 el doctor Christian Barnard realizó la primera operación de trasplante cardíaco, el mundo vibró con inmenso entusiasmo y millares de cardíacos recuperaron las esperanzas.

Pero, a esas esperanzas se siguieron las desilusiones, en consecuencia de las crisis del rechazo después de cada operación. El mismo Dr. Barnard, en el congreso de cardiología celebrado en Bérgamo en 1970, anunció que no realizaría más trasplantes de corazón hasta que no se resolviera el problema del rechazo.

Más tarde, con el perfeccionamiento de las técnicas y el empleo de nuevos productos contra el rechazo, se realizaron nuevas operaciones, despertando moderado optimismo. Aunque las noticias relacionadas con este asunto son divulgadas con alarde y sensacionalismo, esta operación no es más importante que el trasplante espiritual mencionado en la Biblia.

Cada hijo e hija de Adán nace afligido por enfermedades cardíacas crónicas: “Así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, pues todos pecaron” (Romanos 5:12), caracterizadas por el orgullo, la codicia, la avaricia y el odio. ¿Qué hace entonces Jesús, el gran cirujano? “Os daré corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros… y os daré un corazón de carne”.

Pero esta cirugía tiene su precio. De la misma manera como en los casos de trasplante, es necesario que haya un donante. Ese donante debe morir para que el trasplante pueda consumarse. Pero Jesús dio su vida voluntariamente: “Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida, para volverla a tomar” (Juan 10:17). No fue un accidente. Mucho antes de haber entrado el pecado en el mundo, él ya se había dispuesto a donar su vida para que todos los que solicitaran un trasplante pudieran recibir un “corazón nuevo”.

Esta operación espiritual, que transforma al paciente en una “nueva criatura” en Cristo, sólo se realiza en favor de los que anhelan la vida eterna y no desean continuar viviendo en transgresión. La voluntad de disfrutar de salud y vigor espirituales es, pues, una condición indispensable para la obtención de un nuevo corazón.

“Tener un nuevo corazón es tener una mente nueva, nuevos propósitos, nuevos motivos. ¿Cuál es la señal de un corazón nuevo? Una vida cambiada. Se produce día tras día, hora tras hora, una muerte del orgullo y el egoísmo” (Mensajes para los jóvenes, p. 70; el énfasis fue agregado).

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