Quietud en la inquietud

Quietud en la inquietud.

El descanso es el remedio para la fatiga. No lo menosprecies.

Podemos perder dinero en la bolsa o en otras inversiones, pero podemos llegar a recuperarlo. Por otra parte, si perdemos la salud, también es probable que podamos recuperarla con una atención médica adecuada, una buena alimentación y el ejercicio. Pero el tiempo que se pierde o se roba (da igual que sea un minuto, un día, una semana o cuanto sea) se pierde para siempre. En la película “El precio del mañana” (2011), la sociedad controla el proceso de envejecimiento con el fin de evitar la sobrepoblación. Quienes tienen mucho dinero, los ricos, pueden comprar una vida más larga que los pobres. Sin embargo, lo posible en la ficción es imposible en la vida real; nadie puede comprar tiempo.

El reloj avanza, implacable, con independencia de lo que hagamos. Aparentemente, los teléfonos más rápidos, las tabletas electrónicas más veloces, las conexiones a Internet más eficientes y las computadoras más potentes no han conseguido que ganemos tiempo. Al contrario, uno de los efectos del mundo moderno es que, cuanto más deprisa hacemos las cosas, de menos tiempo disponemos. Asimismo, aunque la falta de tiempo es la gran enfermedad de la vida moderna, de hecho, el remedio más efectivo para resolver el moderno dilema procede de la antigüedad. Se llama sábado y, junto con el sueño reparador, es una de las mejores maneras de encontrar reposo para la inquietud humana.

Refugio

En las regiones del mundo en las que los huracanes, los tornados y los maremotos son habituales, la gente construye refugios. Su única razón de ser es que permiten que la gente se resguarde de las tormentas, en especial de los tornados. Esos refugios, sin embargo, tienen un problema: hay que ir a ellos para obtener su protección. Si no tenemos uno cerca y arrecia la tormenta, es probable que no podamos resguardarnos en ninguna parte. Ningún refugio va a nuestro encuentro. Nosotros tenemos que acudir a ellos.

Dios creó, sin embargo, un refugio que sí viene a nuestro encuentro en lugar de tener que acudir nosotros a él. El sábado da la vuelta al planeta en un solo día, el tiempo que tarda la Tierra en girar completamente sobre sí misma. Llegando con una puesta de sol y yéndose con la siguiente, el descanso sabático del séptimo día inunda todo el planeta y, consigo, trae a los hogares y a las vidas de las personas un refugio contra las incesantes exigencias materiales y temporales del mundo. Este refugio, ese descanso, es tan importante que Dios nos lo ofrece un día a la semana, sin excepción. El descanso sabático es el símbolo de nuestra confianza en el Creador amoroso que se ocupa de nosotros de un modo y con una intensidad tales que ni siquiera podemos imaginar. En el sábado encontramos refugio y protección contra las preocupaciones, la ansiedad y los problemas de la vida.

El sábado es un símbolo de nuestro descanso en un Dios que nos ama hasta un punto que somos incapaces de tan siquiera atisbar. Abraham Heschel, un eminente escritor judío, describió el sábado como un “palacio en el tiempo” (Abraham Heschel, El shabat: su significado para el hombre de hoy [Bilbao, España: Desclée de Brouwer, 1998). Una vez por semana, el palacio celestial de Dios desciende a la tierra durante veinticuatro horas y nuestro Creador abre para nosotros la gloria de su presencia. Liberados de las contradicciones terrenales y las pesadas cargas de la vida diaria, nos encerramos con él en el refugio del santuario sabático. Además de invitarnos a su descanso sabático, Dios nos ordena que lo adoremos y cesemos en nuestras obras. Sabe que una vida de premura constante y trabajo continuo acabaría por agotar nuestras fuerzas vitales, debilitaría el sistema inmunológico y, de ese modo, distraería nuestra atención de tal manera que acabaríamos olvidándonos de él. Junto con los mandamientos de no matar, de no robar y de no cometer adulterio, encontramos la orden de reposar. Eso solo ya nos habla de hasta qué punto es importante para nuestro bienestar que descansemos.

Pero el reposo del cual nos habla el Señor es mucho más que un descanso físico, aunque es probable que también incluya el sueño. Es el reposo total de la mente, del cuerpo y del espíritu en el contexto de su amor y su cuidado por nosotros.

El sueño y el descanso

No cabe duda de que, entre todo lo que tiene que ver con el sábado y todo lo que él nos trae, el descanso es crucial.

Incluso su propio nombre en hebreo, shabbat, procede de un verbo que significa “cesar, reposar”. Con todo, el reposo sabático, en y por sí mismo, no es suficiente. Descansar un día a la semana, por beneficioso que sea para nosotros desde el punto de vista espiritual, mental y físico, es insuficiente sin otro tipo de reposo: el sueño.

Con el descanso sabático Dios no nos ordena que durmamos lo suficiente. No le es preciso, porque, si hacemos caso de nuestro cuerpo, ya sabemos cuándo hay que hacerlo. A nosotros no nos corresponde tomar la decisión de obedecerlo o no.

En cierto sentido, como el sábado, el sueño siempre nos alcanza.

A nadie extrañará que, así como transgredir la ley de Dios acarrea consecuencias negativas, desoír las señales que nos envía el cuerpo también tiene efectos perjudiciales. En 2011, en China, un hombre murió tras haber estado durante tres días consecutivos sentado delante de la computadora de un cibercafé sin apenas comer ni beber. Dos años más tarde, en diciembre de 2013, Mira Duran, una joven empleada de la agencia publicitaria Young & Rubicam de Indonesia, trabajó sin parar durante tres días tomando bebidas energéticas para mantenerse despierta, pero pagó tan inapropiada dedicación con la propia vida.

Es sorprendente hasta qué punto el mundo puede parecernos sombrío y tenebroso cuando lo miramos a través de unos ojos que se cierran a causa de la falta de sueño. Por otra parte, la sensación de revitalización y renovación que experimentamos después de una larga noche de sueño reparador es absolutamente refrescante. Al fin y al cabo, si Dios creó a los seres humanos para que trabajasen (Tomó, pues, Dios el Señor al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo guardara [Génesis 2:15]), también los creó para que descansaran. Así, entre el descanso del sábado y el que proporciona el sueño, junto con las bendiciones del trabajo equilibrado y productivo, podemos disfrutar de un óptimo bienestar físico, espiritual y mental. El sábado y el sueño son el verdadero reposo para la agitación humana.

Insomnio en el mundo

A pesar de las máquinas que nos ahorran trabajo, de los viajes en avión y la Internet de banda ancha, no dormimos lo suficiente. Quizá pienses que al hacerlo todo más deprisa dispondremos de más tiempo para descansar y relajarnos. Sin embargo, en todo el mundo, muchos son los que duermen menos de las siete a nueve horas recomendadas. Además, un número creciente de personas tienen problemas de insomnio y muchos millones sufren algún tipo de trastorno crónico del sueño.

La falta de sueño es causa de un rendimiento menor durante el día. El hecho de reducir el tiempo de sueño en tan solo una hora y media, ni que sea una sola noche, hace que el estado de alerta durante el día se reduzca en un 32%. Asimismo, la falta de sueño debilita la memoria y la capacidad cognitiva. ¿Y quién no ha sufrido el estrés que causa la irritabilidad de alguien que no ha dormido lo suficiente? La probabilidad de que se produzca un accidente laboral se duplica en aquellos casos en los que un trabajador no haya dormido suficiente tiempo. La Agencia Nacional para la Seguridad en el Tráfico en las Autopistas estima que, anualmente y solo en los Estados Unidos, la conducción bajo los efectos de la somnolencia es causa de al menos 100,000 accidentes de tráfico, 71,000 heridos de gravedad y 1550 víctimas mortales.

Puesto que los problemas causados por la falta de sueño también afectan a todos los que nos rodean, tenemos la responsabilidad de dormir y descansar correctamente.

El sueño

Las investigaciones científicas no dejan lugar a dudas. Los seres humanos tienen que dormir. Si no dedicamos suficientes horas a dormir, no podemos funcionar correctamente. Todos, lo admitamos o no, sabemos que dormir es muy importante. No obstante, a pesar de los muchos años dedicados a su estudio, el sueño sigue siendo un misterio. Qué es exactamente, qué hace y por qué afecta al cuerpo y a la mente del modo en que lo hace, son preguntas a las que todavía hay que dar muchas respuestas. Sabemos que el sueño es esencial para gozar de una buena salud y bienestar. Aunque no es garantía de que no caigamos enfermos, tarde o temprano, su falta acaba desembocando en la pérdida de la salud.

¿Cuánto tiempo hay que dormir? La respuesta varía en función de las personas, su salud, sus hábitos de trabajo, su edad y su metabolismo. Por razones prácticas, la mayoría de las personas necesitan dormir alrededor de ocho horas cada noche (algunos estudios concluyen que en general se puede decir que de siete a nueve horas). Es la cantidad necesaria de tiempo para experimentar todos los beneficios del sueño. Además de ayudarnos a sentirnos más descansados y mejor desde el punto de vista físico y emocional, dormir contribuye a combatir las infecciones, previene la aparición de la diabetes y reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, obesidad e hipertensión arterial.

“Dormir lo suficiente es vital para quienes padecen afecciones crónicas como la artritis, enfermedades renales, dolor, virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), epilepsia, enfermedad de Parkinson y depresión nerviosa. Entre los adultos de más edad, las consecuencias cognitivas y médicas de los trastornos del sueño sin tratar reducen la calidad de vida relacionada con la salud, contribuyen a limitaciones funcionales y a la pérdida de autonomía y se asocian a un mayor riesgo de muerte por distintas causas” (HealthPeople.gov, “Sleep Health”).

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